martes, 12 de mayo de 2020

Filosofía para tiempos revueltos



Resistir no es suficiente. Ante la avalancha de situaciones conflictivas que inundan nuestras vidas, en todos sus aspectos, sería insensato buscar refugio en nuestros inestables hogares en pos de una seguridad que no termina de establecerse nunca. Vivimos una distopía, una utopía al revés, cruda y desalmada, que se cernía sobre el mundo hace años como una pesadilla y que ya está aquí y ahora. Todo lo que sucede alrededor se cuela en nuestras casas a través de la internet, la opinión y la presión social. Si creemos que atrincherarnos nos va a salvar estamos locos, porque los poderes fácticos cada vez tienen más influencia.
Hay una alternativa que es el buen ataque, es decir, pasar a la acción. Poner en el mundo nuestras ideas, nuestros valores y nuestras acciones. Cada uno de nosotros, por pequeño que se crea, puede influir en el conjunto, máxime en la época en que vivimos de democratización del poder. La soberanía popular sin poder es sólo un concepto político. Disponemos de muchas herramientas para ejercer nuestra cuota de legítimo poder ciudadano. Para que estas iniciativas no sean manipuladas conviene echar mano de la filosofía. Ella nos enseña a pensar por nosotros mismos, a conocernos a nosotros mismos y a llevar a la acción nuestro mundo interior. Con la filosofía generamos conciencia.
Hay tres elementos filosóficos que, según la profesora Delia Steinberg, permiten orientarse en tiempos revueltos, la conciencia histórica, la conciencia moral y la conciencia de formación.
Conciencia histórica es tener conciencia del pasado y vocación de futuro. Si nos anclamos al pasado nos la pasaremos llorando por lo que hemos tenido y no volveremos a tener. Si miramos sólo al futuro nos perderemos en fantasías tecnológicas. El que tiene verdadera conciencia histórica entiende tanto del pasado como del futuro y ama lo uno y lo otro. Así es como aparece en nuestra conciencia la idea de evolución y, lo más importante, de continuidad. Podemos continuar la obra de nuestros antecesores.
Conciencia moral es belleza interior y eficacia exterior. El ideal griego de la Kalokagathia, que aparece en Homero y otros autores clásicos, determina que la belleza interior o bondad se refleja en la conducta eficaz, aquella que no desvirtúa aquella belleza y que ennoblece el mundo. Si mostramos nuestros valores morales a través de esta definición tan rica en contenido, no nos dejaremos llevar por el relativismo moral tan presente en nuestra sociedad.
Conciencia de formación es lo que habitualmente denominamos educación. Se trata de desarrollar las potencialidades humanas, es decir, la comprensión profunda más que el intelecto y la imaginación más que la razón. Se trata de promover la convivencia como respeto esencial y la iniciativa como respuesta inteligente a los problemas de la vida. Esta educación formativa con miras a una transformación de las sociedades a través de la transformación individual es hoy más necesaria que nunca.
No estamos solos, nos acompaña la experiencia de la historia, de los millones de hombres y mujeres que nos han precedido. La ética filosófica ha demostrado a lo largo de los milenios que es eficaz para la construcción de la persona y su propia identidad individual, así como el descubrimiento de la identidad colectiva sin denostar las identidades diferentes. Y, ¿qué decir de la educación? Desde Platón y con Platón sabemos que la formación pedagógica es indispensable para hacer una sociedad en la que la conciencia de lo válido sea superior al miedo al castigo.
Resistir sólo no sirve porque nos desgasta. Como el Quijote, armémonos de filosofía y salgamos a los caminos de La Mancha -que es símbolo de la Vida- para llenarla de bien, belleza y justicia. Entre todos somos más poderosos que los monstruos avaros y sanguinolentos que acechan tras los despachos y los parqués bursátiles.

Francisco Capacete
Abogado y filósofo

martes, 5 de mayo de 2020

El virus del miedo



Cuenta una anécdota que el gran médico Paracelso se cruzó con la Muerte camino de Roma, mientras se alejaba de la ciudad de Alejandría, en la que había estado cuidando a miles de infestados por la peste. Le preguntó “¿adónde vas?” y la Muerte le contestó que a Alejandría. El médico le recriminó que visitara la ciudad a la que tantos esfuerzos había dedicado y le arrancó una promesa, sólo se llevaría 10.000 almas. Pasado un tiempo, Paracelso regresó a aquella ciudad y en el caminó volvió a cruzarse con la Muerte, quien en su fatídica bolsa llevaba 40.000 almas. “¡No has cumplido con tu promesa!”, le increpó el médico. A lo que la Muerte le contestó en su defensa que ella sólo había matado a diez mil, como le había prometido, los otros treinta mil habían muerto a causa del miedo.
Esta narración está inspirada en hechos reales. Anna Von Hopffgarten, doctora en biología, ha estudiado la influencia del estrés en el sistema inmunitario y las consecuencias negativas son muchas e importantes. El miedo es un gran productor de estrés psicológico. Por el contrario, el buen humor y el optimismo refuerzan la resistencia del cuerpo y protegen de enfermedades a largo plazo. Una psiquis fuerte hace al cuerpo más resistente frente a agentes patógenos.
Esta información contrastada debe ponernos en guardia frente a las corrientes de opinión y manipulaciones informativas que tienen como objetivo infundir y generar miedo entre la población. Esto es una grave irresponsabilidad porque el miedo puede ser un elemento de agravamiento de dolencias que pueden llevar a la muerte, sobre todo, a personas que ya presentan deficiencias en su sistema de defensas. No debemos caer en la insolidaridad de ser transmisores de este virus que es el miedo.
Dice la filósofa y profesora Delia Steinberg que “el miedo es una terrible garra que se cierra sobre los pensamientos, los sentimientos y la voluntad, restándole al ser humano toda posibilidad de acción inteligente. La actividad vital se reduce a defenderse, a escapar de todo, a rehuir responsabilidades…”. Hay que reconocer que todos sentimos miedo. Al futuro, al pasado, a no ser aceptado, a fracasar, a morir, a vivir, y todos hemos experimentado lo que señala la profesora Steinberg. Aceptar esta realidad nos puede ayudar a mantenerlo a raya, impidiendo que nos tiranice.
En cierta medida es bueno sentir miedo porque nos hace ser cautos y no caer en la temeridad. Por otro lado, un poco de miedo nos pone en alerta. Cuando sentimos miedo nuestro cuerpo segrega hormona adrenocorticotropa y epinefrina, un neutrotransmisor. Ambas sustancias químicas causan la generación de cortisol, una hormona que aumenta la presión sanguínea y el azúcar en sangre y suprime el sistema inmunitario. Se trata de aumentar el nivel de energía disponible en caso de tener que reaccionar ante la amenaza.
Así que, cuando controlamos el miedo de tal manera que nos genere una sana tensión, puede ser un aliado, mientras que cuando él nos controla a nosotros se convierte en un enemigo y nos paraliza.
La clave parece estar en encontrar el justo medio entre tensión y parálisis. Cuando lo que vivimos está desconectado de nuestra voluntad el futuro es totalmente incierto y el miedo puede paralizarnos. Cuando los diferentes aspectos de nuestra vida están conectados a nuestra voluntad, el futuro es un camino de desarrollo, en cierta medida incierto, pero con la incertidumbre de la libertad. ¡Es que no hay otra manera de realizarse que en libertad! ¿Cómo se cura el miedo a la libertad? Con responsabilidad. Nuestra vida, nuestro futuro, nuestras obras, son responsabilidad nuestra y de nadie más. Nosotros somos responsables de nuestros errores y también somos responsables de nuestros aciertos. Dicen los técnicos en seguridad personal que la seguridad total no existe y tienen razón. Hay que arriesgarse. Arriesgarse significa que podemos ganar o perder. Pero como me enseñó mi maestro, ¡acaso una vida en la que no perdamos ni ganemos nada merece la pena ser vivida!
El futuro es incierto, nuestras decisiones no. Las circunstancias que nos han tocado vivir no las hemos elegido nosotros, pero sí que depende de nosotros las decisiones que tomamos durante esta situación de pandemia. No nos dejemos llevar por el miedo. Tomemos las decisiones de aplicar medidas de higiene y prevención y caminemos con la cabeza bien erguida porque así también se yerguen nuestras defensas.

Francisco Capacete
Abogado y filósofo




domingo, 29 de marzo de 2020

El increíble viaje de la mariposa monarca



En el mundo natural suceden numerosos hechos que escapan a nuestra comprensión. Hay arañas que viajan a kilómetros de altitud congeladas, llevadas por las corrientes de aire de las capas frías de la atmósfera, para en un momento dado, comenzar a descender y tras el aterrizaje en lugar cálido, volver a revivir. ¿Cómo consigue el organismo de la araña morir y renacer? Es todavía un misterio que la ciencia no ha podido resolver. Los salmones que nacen en el nacimiento de largos ríos hacen un primer viaje de ida al océano y tras recorrer centenares de kilómetros en mar abierto, consiguen regresar al mismo río que les vio nacer. ¿Cómo se orientan? Los investigadores sólo cuentan con algunas hipótesis, pero no se ha obtenido la respuesta definitiva.

Otro de esos hechos enigmáticos es la migración anual de la mariposa monarca. Esta especie no puede sobrevivir a los inviernos fríos que ocurren en la mayor parte de los Estados Unidos, por lo que migran hacia el sur y el oeste cada otoño para escapar del clima invernal. La migración suele empezar en octubre, pero puede comenzar antes si el clima se vuelve frío. Aquellas que viven al este de las Montañas Rocosas, migrarán hacia México e hibernarán en los abetos oyamel, mientras aquellas que viven al oeste hibernarán alrededor del Pacific Grove, California, en los árboles de eucalipto. Las mariposas monarca utilizan los mismos árboles cada año. El enigma que plantea este hecho es que no son las mismas mariposas que estaban allí el año pasado, porque durante el año muchas mueren y otras son nacidas en esa temporada. Si bien su vida es más longeva que la de la mayoría de las mariposas,  no suelen vivir más allá de los nueve meses. ¿Cómo saben que árboles son los más adecuados para hibernar? Las mariposas monarca son el único insecto que migra cada año a una distancia de hasta ¡4.000 kilómetros!

“Las mariposas monarcas usan una brújula solar para su migración, pero la posición del sol no es suficiente para determinar la dirección correcta. Necesitan combinar la información con la hora del día para saber adónde dirigirse”, señala Eli Shlizerman, científica en la Universidad de Washington en Seattle. Aunque sus enormes y complejos ojos les permiten tomar el sol como referencia y sus antenas alojan un mecanismo de cronometraje molecular, “no entendemos cómo este reloj interno y su brújula solar se conectan de tal manera que se oriente su comportamiento de vuelo”, aclara Steven Reppert, neurocientífico en la Universidad de Massachusetts Medical School.

Los científicos no poseen el conocimiento suficiente para describir toda la realidad. No importa, a fin de cuentas la realidad siempre nos supera. El alma humana, la conciencia, el "yo", también lleva a cabo una migración maravillosa que es la vida. Durante una vida recorremos millones de kilómetros, yendo y viniendo por los mismos lugares. No vamos en pos de alimento o abrigo, vamos buscándonos a nosotros mismos. La ciencia no nos puede responder a la pregunta del ¿quién soy? No por ello debe frustrase la ciencia. No tiene todas las respuestas. El viaje es inevitable, es natural y si lo hacemos bien seguramente que terminaremos encontrando a ese Compañero inseparable que siempre va con nosotros. La inalcanzable realidad, tal vez, sea el verdadero motor que nos impulsa a saber más y a ser mejores. 

Francisco Capacete
Filósofo y abogado

jueves, 26 de marzo de 2020

Tiempos propicios




¡Hay tanto qué aprender de la mitología! Más allá de la presentación un tanto absurda que nos ha llegado, los símbolos y las metáforas que contiene nos aportan un conocimiento muy profundo de la naturaleza humana. Ya sean los mitos greco-romanos, los chinos o los mayas, todos ellos ofrecen al lector un panorama profundo y liberador. Las pruebas que han de superar los personajes semi-divinos son las mismas que nos presenta la vida a los mortales. Por esta razón, al leer esos mitos sentimos que nosotros somos el protagonista que está enfrentando temas profundos y, al enfrentarlos, nos liberamos de la insana tensión cotidiana.

Kairós era en la mitología griega el tiempo propicio, la oportunidad de hacer o conseguir algo. Representaba ese momento, a veces fugaz, en que las circunstancias son las más favorables, en que el viento sopla en la buena dirección y conviene aprovecharlo para iniciar la ruta hacia el buen puerto. Era y sigue siendo ese día promisorio en el que hay que sembrar porque como ese tardará tiempo en aparecer otro. Kairós se representaba como un joven, raudo como Mercurio, calvo, pero con un mechón de pelo, para poder atraparlo cuando pasara por delante. De ahí proviene el dicho “la ocasión la pintan calva”. Si pasaba por delante Kairós y no se le agarraba por el mechón, lo que se veía tras él era el arrepentimiento.

Por circunstancias ajenas a nuestra voluntad nos vemos forzados a pasar mucho más tiempo del habitual encerrados en nuestras casas. Esta situación nos viene dada desde fuera y las autoridades cuidan que el confinamiento sanitario se cumpla. Si todos hacemos lo que se recomienda es muy probable que la situación de alarma termine pronto y, lo más importante, se ataje la propagación del virus y las muertes que está acelerando. Cuando una circunstancia nos llega de imprevisto suele ser un kairós, una oportunidad, un tiempo propicio. Sólo hay que saber leer un poco entre líneas para averiguar a qué buen puerto nos puede llevar.

Ahora tenemos más tiempo para estar cerca de nuestra familia o compañeros de piso. Esto es un hecho objetivo. ¿Qué podemos hacer que generalmente no hacemos? Pasar más tiempo juntos. Este es otro hecho objetivo. Y, ¿de qué nos quejamos habitualmente respecto a nuestra familia? De que no nos entendemos, de que la convivencia se resiente, de que no nos conocemos realmente a pesar de que llevemos equis años compartiendo el mismo techo. A veces descubrimos con cierto terror que nuestro hijo no es el mismo y no nos hemos dado cuenta, que han pasado los años y no los hemos aprovechado para lo más importante: las personas ¿Cuál es el kairós que nos trae este tiempo de confinamiento?

Conviene no dejar pasar la ocasión para hablar más con nuestra familia, con nuestro hijo, con nuestra madre, con nuestra abuela o con nuestra amiga. Pero, ¡de qué vamos a hablar! ¡Si no hay nada que hacer, solamente podremos hablar del maldito coronavirus ese! Y para eso mejor no hablar. Ya estamos hartos de tanta virología. Aquí está la cuestión, de qué vamos a hablar. De nosotros mismos. Si hablamos de nosotros mismos nos conoceremos mejor. Tal vez descubramos cosas de los demás que ignorábamos y que nos permitan convivir mejor. ¿Sabemos cuáles son los miedos de nuestros hijos? Hablémoslo porque es muy posible que nos diga que tiene miedo a defraudarnos y, entonces, podremos explicarle que nunca nos va a defraudar y que lo que más valoramos de él es que sea él mismo.

Nos viene encima un alud de propuestas online para hacer en casa. Esto es terrible. Al final, acabaremos cada uno frente a una pantalla, cada uno en una zona de la casa. Dicen los informativos que se va a aumentar el número de divorcios. ¡Qué triste, que no podamos estar juntos! Disponemos de millones de cosas para hacer en internet, lecturas, juegos de rol, quedadas virtuales, sesiones de gimnasia, etc. Todo eso está bien, sobre todo, porque muchas de esas propuestas provienen de la generosidad. Ahora bien, acordémonos de kairós y aprovechemos la oportunidad de conocer mejor a nuestra familia, de mejorar la convivencia y de hacer menos cosas para hacerlas mejor. Podemos aprovechar para pedir perdón, para reconocer el esfuerzo cotidiano de quienes nos acompañan en el camino de la vida o para conversar con uno mismo.

¡Gracias kairós por este tiempo propicio!



martes, 10 de diciembre de 2019

El idealismo salvará el mundo


En estos días de cumbres climáticas la temperatura sube más que en los próximos 100 años del planeta. En estos días de propuestas, reuniones y performances, el clímax asciende hasta cotas de tensión insoportables, dada la acumulación de intenciones que no sabemos cómo ni cuándo van a eclosionar del todo; el polluelo lleva saliendo del cascarón varias semanas ¿Salvaremos el planeta? Nada cierto sabe nadie todavía.
Este es el panorama en la superficie, pero ¿qué se mueve en el fondo?, ¿qué se cuece en las cocinas de las calles del mundo? Vemos que decenas de miles de jóvenes idealistas se mueven para cambiar las cosas y hacer un mundo mejor. Desde Hong Kong, pasando por Madrid, París y llegando a Colombia, las calles arden de idealismo. No estamos asistiendo a un cúmulo de protestas por temas laborales, climáticos o políticos, sino a un renacer de una visión idealista. Como todas las cosas que renacen, este movimiento mundial no es igual que la anterior versión hegeliana. El nuevo idealismo no se evade de la realidad buscando la perfección estética o moral. El nuevo idealismo no es un divertimento de intelectuales y bohemios que nada tienen que ganar ni perder. Ni los dirigentes políticos, ni los amos de la economía van a poder cabalgarlo, como hicieron con el movimiento hippie a través de las drogas, el sexo y el rock and roll. La cultura del perdedor melancólico que está triste al otro lado del telón de acero no va con ellos.
El nuevo idealismo nace de un compromiso con el mundo en su totalidad. Este nuevo idealismo nace para quedarse porque cuenta con la fuerza de la convicción. Ahí van algunos pocos nombres icónicos de esta fuerza arrolladora y pacífica, constructiva y paciente: Greta Thunberg, Eugenio García, Joshua Wong, Peter Tabichi, Boyan Slat, Christian Felber. Tras ellos cientos de miles de jóvenes se mueven y no van a parar. Ya no se les puede parar. No están comprometidos con el liberalismo, ni con el materialismo, ni con el existencialismo, ni con la economía de mercado, ni con el comunismo, ni con el capitalismo. Están comprometidos con la idea de que el mundo debe ser la casa de todos, humanos de todos los colores y todas las demás especies. Les mueve la idea del ciudadano del mundo, de un mundo que no conozca fronteras, ni injusticias, ni abusos, ni dictaduras, ni monopolios. Les mueve la idea de ser ciudadanos de un planeta digno.
¿Quién las financia? Ellos mismos a través del crowdfunding, de las recaudaciones con ocasión de cumpleaños y de la imaginación creativa. ¿Qué herramientas usan? La cooperación, la convivencia, la tolerancia, el respeto, la diversidad, el esfuerzo, la voluntad, la libertad y el voluntariado. Estas son las armas del nuevo idealismo que va a salvar el mundo. Porque si no nos gobernamos con estos ideales éticos el mundo perecerá -como ya advertía el jefe Seattle- bajo nuestros propios detritus.
Han aprendido de los errores de las generaciones que les han precedido. Uno de esos errores es mancharse las manos y las cabezas con la política. Otro es dejar toda la responsabilidad a los gobiernos. Otro es confiar en las instituciones internacionales. Esta generación de jóvenes idealistas confía en ella misma y en sus propias fuerzas. No dice a los demás lo que hay que hacer, hacen. Por ello, somos nosotros, lo mayores, quienes tenemos que aprender de esta nueva generación y alimentar nuestro idealismo.
Un ideal es como una utopía. Una utopía es como un horizonte lejano, pero un horizonte hacia el que marchar. Para llegar algún día a ese horizonte sólo cabe una solución: comenzar a caminar hacia él. Las utopías dan fuerza al corazón y corazón a la fuerza. Necesitamos de este nuevo idealismo para mejorarnos y mejorar el mundo en el que vivimos.
Francisco Capacete González
Filósofo y abogado