jueves, 4 de octubre de 2012

PLATONOMANÍA

Uno de los filósofos que más ha fascinado en los últimos 2.500 años ha sido, sin duda, Aristocles de Atenas, más conocido por su apodo gimnástico, Platón. Su vida está llena de episodios extraordinarios, más propios de un hombre de acción que de un pensador. Pero es que el filósofo griego no fue un teórico de las ideas, sino que se entregó de lleno a promover un cambio en aquel mundo clásico que se deslizaba casi irremediablemente hacia la decadencia. En su juventud, además de estudiar a los clásicos del momento, Homero y Hesiodo fundamentalmente, se preparó para participar en las Olimpíadas, logrando algunos triunfos. Luego se adentró en las artes y, más en concreto, en el teatro, componiendo algunas tragedias de gran calidad literaria. Pero comprobó con tristeza que tanto en los Juegos Olímpicos como en el teatro se iba dejando de lado el ideal griego de la excelencia, el aristos. Por esta razón, cuando conoció a quien más tarde se convertiría en su maestro, Sócrates, quien le inició en la filosofía como modo de vida, quemó todas las obras de teatro que había escrito y se dedicó a conservar el sentido de lo justo, lo bello, lo válido y lo verdadero, para que no desaparecieran de la vista de los hombres. 
Sin embargo, este propósito no iba a ser fácil, se ganaría las críticas de muchos de sus conciudadanos, como comprobaba que ocurría con Sócrates. No se amedrentó, viajó a Egipto para forjarse un carácter resistente ante las adversidades, dado que en el País del Nilo existían centros de sabiduría donde enseñaban a dominarse a uno mismo, a poder ser dueño de uno mismo y no dejarse esclavizar por las circunstancias. Muchos años pasó entrenándose en Heliópolis y a la vez investigando las leyes de la naturaleza para poder ofrecer al mundo una de las filosofías más espectaculares que han salido a la luz.
Una vez de regreso en Atenas, fundó la Academia, una escuela de filosofía que perduró durante casi mil años. Allí enseñó y escribió. Allí preparó a sus discípulos para que pudieran gobernar con justicia. Y así la Academia se convirtió en un foco de conocimiento que irradiaba continuadamente la luz de los grandes ideales.
¿Cómo luchó Platón contra la crisis del mundo griego? ¿Cómo combatió el escepticismo, el mercantilismo, la corrupción de los gobernantes? ¡Con las ideas! Y, ¡qué ideas! 
El mito de la caverna como una alegoría que expresa la imperiosa necesidad de la educación del pueblo para no ser manipulado. Platón dedicó gran parte de sus diálogos a la paideia, a la educación. Esta idea ha inspirado a todos los pedagogos que se han preocupado por el bienestar de la sociedad. 
La inmortalidad del alma, demostrada de mil maneras diferentes, fue y es la enseñanza que  otorga sentido a la vida.
El conocimiento que, según el divino Platón, debe basarse en recordar las esencias y no en reunir en la cabeza gigas de información. 
El diálogo como forma de encontrar juntos la verdad que hay más allá de cada uno.
Es el momento de reivindicar a Platón como el filósofo anti-crisis. Sus ideas son herramientas eficientes para reorientar la vida de los seres humanos. Cuando casi todo a nuestro alrededor se quiebra y se rompe, cuando la corrupción, la falta de educación, el sinsentido, se adueñan de todo, llega el momento de buscar el sentido perdido de la vida. Llega el momento de rescatar aquellos ideales que desde hace dos milenios y medio han sobrevivido a todas las edades medias, a todas las crisis y a todos los amos de la caverna.
En su diálogo sobre la Justicia y el Estado, Platón propone que los gobernantes no deben cobrar por ejercer sus cargos. El estado les facilitará la manutención y el alojamiento. Pero no pueden tener ganancias de ningún tipo. Sólo con aplicar esta recomendación platónica, gran parte de la corrupción actual desaparecería, porque la inmensa mayoría de los políticos saldrían huyendo de los parlamentos y los consistorios. ¡Nos quedaríamos sin políticos! ¡Podríamos comenzar de nuevo!
¡Ea, por el perro, dialoguemos nuevamente con Platón!


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