jueves, 5 de febrero de 2015

La mentira y la esperanza



Vivimos rodeados de mentiras. Los políticos mienten en las campañas electorales y en los comunicados informativos. Los medios de comunicación tergiversan los hechos en función de los intereses mercantiles de sus propietarios. Los publicistas exageran las cualidades de los productos que las empresas necesitan vender. Y, a pesar de que podemos reconocer cuándo nos mienten y cuándo nos cuentan la verdad, seguimos creyendo que todas esas falsas promesas terminarán cumpliéndose ¿Somos ingenuos o nos han narcotizado con tantas dosis de mentiras que ya no podemos vivir sin ellas? Hay quienes llegan a pensar que la verdad no existe.

            Analicemos la publicidad. Hay entidades bancarias que ofrecen tarjetas de crédito gratuitas, concesionarios de coches que prometen una familia feliz, refrescos que aseguran experiencias apasionantes, compañías aéreas con descuentos elefantinos que dejan el precio del billete en 5 o 10 euros, compañías de telefonía móvil que prometen ahorrar como nunca con la compra del nuevo terminal, detergentes que dejan la ropa impecable sin esfuerzo o lavavajillas que duran más que Matusalén. La lista de productos “milagrosos” es interminable. La publicidad actual nos recuerda a aquellos vendedores ambulantes medievales que vendían poción de momia para curarlo todo. Cuando lo vemos en las películas nos resulta gracioso descubrir cómo convencían a los pobres lugareños con su consumada retórica, sin darnos cuenta que a nosotros nos convencen a diario con el mismo truco: poción de móvil, poción de auto, poción de detergente, poción de gratis con las que alcanzar la felicidad.

            ¡Cómo puede ser que disponiendo de mucha más información y formación que los hombres y mujeres de antaño, caigamos en la misma trampa! ¿Qué mecanismos psicológicos se ponen en marcha -o se adormecen- en nosotros para que terminemos comprando lo que ofertan sabiendo a ciencia cierta que es mentira?

            Pienso que ese mecanismo es la esperanza. Por muy mal que vayan las cosas siempre nos queda la esperanza de vivir mejor. Somos conscientes de la grave crisis que afecta a la política y, sin embargo, se sigue confiando en los políticos y se los mantiene al frente de los partidos. Somos conscientes del veneno que hay en los fármacos y se siguen tomando. Todos conocemos lo difícil que es ser el premiado en la lotería y seguimos participando. Si lo reflexionáramos con cierta objetividad caeríamos en la cuenta de lo absurdo de muchas de nuestras decisiones. Y es que la esperanza, cuando no está fundamentada en hechos, es irracionalmente absurda. Las cosas no se arreglan solo con esperanza. Es verdad que ayuda a mantener elevado el ánimo, pero no soluciona los problemas. ¿Acaso la esperanza puede hacer que aprobemos un examen sin estudiar? ¿Puede aumentar el saldo de las cuentas bancarias? ¿La esperanza nos va a hacer felices sin necesidad de mover un solo dedo? La respuesta es, obviamente, no.

            Esta esperanza irracional, absurda, ciega, es la que nos lleva a seguir creyendo en la mentira. Y es que la verdad nos dice lo que tenemos que hacer, la esperanza lo que tenemos que creer. Es mucho más cómoda la segunda que la primera.


            Es preferible desarrollar una esperanza de diferente naturaleza, más racional, más realista, más convincente, es la esperanza en uno mismo, en nuestras propias fuerzas, en nuestros sueños por muy imposibles que parezcan, en nuestra capacidad de amar, en nuestra fuerza interior. Mantengamos la esperanza en la justicia y en la verdad, porque de lo contrario, la mentira y la injusticia arrasarán con todo lo bello y armonioso que queda en todavía en cada uno de los seres humanos.

martes, 13 de enero de 2015

El s. XXI, del caos a la utopía




Este siglo XXI, emblema del caos y la corrupción, revela con precisa claridad su carácter medieval. Pensadores como Umberto Eco y Jorge A. Livraga, alertaron ya en los años sesenta de la llegada de una nueva edad media. Y los acontecimientos que se han ido desarrollando desde entonces no dejan de darles la razón. Tendencia al feudalismo, economías de subsistencia, aparición de mercados basados en el trueque, bardos que cantan las injusticias con una sencilla guitarra o la atomización de las creencias religiosas son características propiamente medievales que han aparecido aquí y allá.
         Una edad media es una época que, como su propio nombre indica, se enclava entre dos épocas de esplendor o desarrollo. La historia de la humanidad ha conocido muchas edades medias. La civilización china pasó por varias, como la llamada Era de los Estados Combatientes. El Antiguo Egipto también pasó por épocas medievales o “intermedias”, así como la Grecia antigua tras el esplendor de las culturas cicládicas y minoicas. De modo que, como le ocurre al individuo, la humanidad pasa por fases o ciclos de desarrollo y decadencia, de expresión y de consunción, de vitalidad y de senectud.
         El medioevo se caracteriza por una pérdida de los valores fundamentales. De ahí proviene el caos, es decir, la percepción psicológica del caos, de no poder distinguir qué es cada cosa, para qué sirve cada institución, cada subestructura de la sociedad. Si preguntáramos a cualquier ciudadano para qué sirve la política, la religión, la familia, el ejército, la educación, etc., se vería en serios aprietos para responder, porque todos estos sistemas han perdido sus valores fundamentales. Y como no se sabe cuál es su naturaleza fundamental, cada cual los usa según para sus propias necesidades, desnaturalizándolos. La política se usa para alcanzar el poder y no para organizar adecuadamente la sociedad, la religión para adoctrinar en lugar de llevar el alma hacia la divinidad, la familia para procrear y no para fomentar la fraternidad, el ejército para hacer campañas de imagen y no para terminar las guerras, la educación para fabricar mano de obra y no para enseñar a ser libres e íntegros.
         Vivimos en una época de caos, de falta de valores fundamentales, de pérdida de teleología. No es la peor ni la mejor de las épocas históricas. Es nuestro tiempo y si nos sirve para encontrar los principios fundamentales será una buena época. Toda crisis es un periodo donde aparecen problemas y los problemas ayudan a encontrar soluciones, pues todo problema contiene en sí mismo una solución. La búsqueda de soluciones favorece el desarrollo de la inteligencia.
         Y la solución al caos actual llega de la mano de la utopía. El término “utopía” es acuñado en el Renacimiento por Tomás Moro para designar la ciudad ideal. De modo que una utopía es un ideal político. Moro, Campanella y Bacon se inspiraron para escribir sus utopías políticas en Platón y, más en concreto, en el diálogo “La República” -que en el original griego se titulaba “La Ciudad”. Este libro es el mejor tratado de ciencia política de la historia de la humanidad y describe cómo construir una ciudad plena, con unos políticos honrados, con un sistema educativo integral y no dogmático, con una sanidad que prima la prevención y la concienciación de la población, con unos principios éticos basados en la Justicia, etc.
         Cuando se dice que las utopías son irrealizables, se cae en un error. Es falso que una utopía sea imposible de plasmar en la realidad cotidiana. Los antibióticos fueron una utopía antes que una realidad; los vuelos espaciales fueron una utopía; la conquista de los Polos; la democracia; incluso tú, lector, es posible que mucho antes de nacer, para tus padres fueras una utopía.  Obviamente, las utopías o los ideales no son fáciles de alcanzar, como no fueron fáciles de plasmar la Capilla Sixtina, el Partenón de Atenas, ni la política social de Confucio. Pero con ideas claras, sentido histórico y ético y constancia todo se logra.
         Marchemos hacia la utopía de un mundo nuevo y mejor. Pongamos en nuestras alforjas una nueva ciencia liberada de dogmatismos, un nuevo arte liberado de intelectualismos, una nueva política liberada de loca ambición y una nueva mística liberada de fundamentalismos. Y no olvidemos lo más importante, necesitamos un hombre y una mujer que rescaten los valores fundamentales de la vida, del individuo y de la sociedad humana.
      Francisco Capacete

jueves, 20 de noviembre de 2014

Día Internacional de la Filosofía

Repasando la Historia de la Filosofía se llega a la conclusión de que las persecuciones de los filósofos suelen desencadenar, contradictoriamente, un resurgimiento de la Filosofía. Buda fue perseguido por los brahmanes dogmáticos; Sócrates por los ciudadanos envidiosos; Bruno por la Iglesia ignorante; H.P. Blavastky por los científicos positivistas y los dogmáticos de la fe. Y justo después encontramos un renacimiento de sus enseñanzas: Budismo, Platonismo, Renacimiento y Esoterismo –me refiero al esoterismo serio, no al pseudo que se vende en los canales de televisión  y las líneas telefónicas- han marcado épocas de esplendor de la búsqueda del conocimiento.
                En el momento presente la Filosofía está sufriendo una nueva persecución, un acoso y derribo hipócrita propiciado por los gobiernos de este país y que han legislado en materia de educación sin sentido común. De todos es conocido que la asignatura de Filosofía está siendo arrinconada cual Cenicienta del saber. Los jóvenes, tanto en la educación secundaria como en la universidad, están tan ocupados en hacer trabajos para aprobar que no tienen tiempo efectivo para reflexionar sobre lo que estudian. No aprenden, simple y desgraciadamente, llenan el cerebro de datos que olvidan al cabo de pocos días. Así, la lección que se les enseña, como trasfondo de las miles de lecciones que reciben en clase es “no pienses, haz lo que hay que hacer”. Un argumento de los gobernantes es que las Humanidades no preparan a los jóvenes para el mercado de trabajo, mientras que las materias técnicas y los idiomas sí. Y aquí vemos la verdadera intención del legislador: producir mano de obra, no educar.
            Y nuevamente, tras el intento de hacer sucumbir la Filosofía, esta resurge con más fuerza que nunca. Así, desde el año 2002, la UNESCO ha proclamado el tercer jueves de cada mes de Noviembre, Día Internacional de la Filosofía, con los objetivos de fomentar las escuelas de Filosofía, el libre pensamiento y la libre elección de modos de vivir. La Filosofía, al decir de la Presidenta de este organismo internacional, Irina Bokova, es una herramienta fundamental para la formación de los jóvenes y para inculcar en ellos valores como libertad y responsabilidad. La Filosofía no debe quedar circunscrita al mundo académico, sino que debe promocionarse en todos los ámbitos sociales.
                Los libros de filósofos como Séneca, Epicuro, Marco Aurelio y otros filósofos estoicos, se han convertido en verdaderos best-sellers. La filosofía romana está renaciendo con una fuerza arrolladora, tanto por su practicidad, como por su alto contenido de una moral universal, así como por su sencillez. Propusieron en su tiempo, aquellos filósofos de la στοά, vivir de acuerdo a la propia conciencia y no a los imperativos sociales. Séneca revive en nuestro tiempo con su libro “De brevitate vitae”, en el que llama la atención sobre el mucho tiempo que desperdiciamos sin hacer nada bueno, tras lo cual nos quejamos de que la vida es corta o de que nos falta tiempo. El abogado romano nos contestaría que no es lo breve de la vida lo que nos angustia, sino el mucho tiempo desperdiciado en cientos de placeres y convenciones sociales que no nos llenan el alma.
            De modo que a pesar de las afrentas que sufre la Magna Ciencia –como la llamaron los alquimistas renacentistas-, la Filosofía está viviendo un nuevo renacer. Aumenta cada vez más el interés por la comprensión del sentido de la vida. En Es Racó de ses Idees, la escuela de Filosofía que dirijo, cada vez son más las personas que asisten, sobre todo jóvenes, buscando un filosofar que no suponga más teoría, sino que les ayude a conformar un modo de vivir más humano y más integrado en la naturaleza. Más práctica vital, más profundidad real es lo que le demandan a los filósofos los jóvenes. Cuando el filósofo chino Confucio enseñaba que la práctica de lo que se predica permite comprender lo que se predica, se estaba adelantando dos mil quinientos años a la auténtica necesidad de millones de jóvenes en todo el mundo.
               Renace la Filosofía como una antorcha de fuego interior que propicia un cambio trascendente en la sociedad y el mundo. Los jóvenes saben que la sociedad y el sistema que la sustenta deben cambiar. Necesitan hacerlo. La Filosofía les facilita herramientas para que lo hagan pacíficamente. Aquellos que no quieren que nada cambie para seguir aprovechando sus privilegios ilegales lanzan piedras a los filósofos. Pero no saben que por cada piedra que lanzan, saltan muchas chispas que encienden fuegos insaciables de Justicia, Solidaridad, Mística y Fraternidad. La Filosofía y el saber encumbraron en el pasado a parte de la Humanidad. Ahora, con los medios disponibles y una juventud libre y responsable, pueden encumbrar, ahora sí, a toda la Humanidad.
            Vaya esta carta en homenaje a la Musa invisible que me ha inspirado gran parte de la vida y a la que honro en su Día Internacional: la Filosofía.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¡CÓMO SOMOS LOS MALLORQUINES! (II)



Mallorca es, indiscutiblemente, una tierra acogedora, amable y nutridora. Y los mallorquines nunca hemos tratado mal al foráneo ni al extranjero. Todo lo contrario. La hospitalidad hace sentirse al que llega de fuera casi como en su tierra y, a veces, mejor que en su propia tierra. A veces les cautiva la belleza casi espiritual del paisaje, como a Robert Greaves, quien dejó Oxford para afincarse en Deià. Jaume I  exclamó la primera vez que divisó la Medina Mayurqa, que le parecía la ciudad más bella de cuantas conocía. El Archiduque, como se lo conoce popularmente, expresó con estas palabras su profundo amor hacia la isla: “Cuando hayas contemplado la grandeza de Mallorca, cuando hayas comprendido su profundo secreto de la Isla de Oro, la amarás toda la vida”. Josep Coll i Bardolet se enamoró de la luz y el paisaje de Mallorca y, además de gironés, se hizo mallorquín.
     Otras veces los forasteros encuentran su lugar en Mallorca. Mi madre nació en Écija (Sevilla) y emigró a Palma cuando tenía 28 años de edad, ciudad en la que falleció. Recordaba con ilusión sus años mozos a pesar del hambre y las penurias propias de la postguerra. Pero cuando sus hijos le preguntábamos si prefería vivir en Sevilla o en Mallorca, ella sin dudar contestaba que para qué se iba a marchar de la isla si aquí estaban su casa y su familia. Y no lo decía solo en el sentido de perder unas propiedades o alejarse de los seres queridos, sino más bien le resultaba absurdo dejar su tierra, su lugar en el mundo. Mi madre se sintió acogida desde el principio en Palma y esta tierra la hizo hija predilecta, como a tantos miles de inmigrantes. Somos tan hospitalarios que, según informaba este medio el 8 de julio de 2014, los niños saharauis del campamento de refugiados de Tindouf que son invitados a pasar unos días en verano, lloran cuando vuelven a ver a las familias que les acogieron el año anterior.
     ¿Somos conservadores? ¿Nuestra mentalidad es conservadora? Sinceramente, pienso que sí. No me refiero a una opción política conservadora –aunque tiene su reflejo en la política-, sino a una natural inclinación a hacer lo de siempre. Nos gusta hacer lo que se ha hecho siempre, a veces por pereza, otras por miedo al cambio y otras por sentido común, es decir, que lo que hicieron es fadrins es lo que funciona mejor, por ejemplo, las técnicas de empeltar.
     Es verdad que en cuestiones de patrimonio histórico no hemos sido diligentes, nos hemos despreocupado de conservar las ruinas arqueológicas, los museos y de rescatar las piezas de inapreciable valor que han desaparecido en el mercado negro. En este sentido, tenemos un suspenso como una catedral. Nos interesamos más por las danzas tradicionales, algunas de las cuales han sido rescatadas del olvido como la de los cossiers, por las fiestas de carácter mitológico y popular como el “Cant de la Sibil.la”, por las técnicas de construcción como la pedra en sec, que por el patrimonio arquitectónico histórico. Así que además de entonar el litúrgico canto medieval o La Balanguera, nos conviene entonar, en este sentido, un mea culpa.

     Pienso que somos de naturaleza conservadora porque amamos la paz. Cuando miro las casas de foravila, con sus terrazas y balcones orientados al este, donde poder sentarse al atardecer a descansar, imagino una vida más sencilla, con menos preocupaciones y prisas, imagino la vida que vivieron los abuelos hasta no hace mucho. Valoramos la paz y nos preocupamos mucho por no molestar. Claro, en Ciutat  es más difícil no molestar porque somos muchos en poco espacio y -quieras o no- nos molestamos cuando uno aparca en doble fila para ir a comprar la barra de pan, o cuando queremos entrar todos a la vez en el autobús y el conductor solo ha abierto una de las hojas de la puerta delantera o cuando el deporte depara celebraciones nocturnas. Pero si nos detenemos un poco a observar nuestra conducta, seguro que detectamos esa inclinación a no molestar a los demás.
     Somos alegres. Nos sale natural la alegría, el chiste, el meternos con el otro para hacer una gracia y el reírnos de nosotros mismos y nuestras costumbres, como aquel amigo que me decía que un mallorquín no puede ser torero, porque para ser torero hay que tener “un poc de nirvis” y, claro, los mallorquines somos demasiado tranquilos como para enfrentar a una bestia que embiste a 10 pitones por minuto. Somos más alegres que los catalanes y los aragoneses, a pesar de que la mayoría de la población de la isla procede de estos pueblos. De modo que deduzco que este rasgo de nuestro carácter pudiera ser una herencia musulmana mediterránea. Y es que los musulmanes dejaron una profunda huella en nuestra cultura, en el lenguaje, en las tradiciones, en las costumbres y, seguramente, en el carácter. He viajado varias veces por Marruecos y Egipto y he paseado por los barrios donde no suelen llegar los turistas, donde se vende alcohol en bolsas de basura y el tiempo transcurre perezosamente. Y he descubierto que compartimos algunos caracteres como la parsimonia, la alegría, el no agobiarse y la hospitalidad.
     Estos rasgos de nuestro carácter y otros que todavía no conozco pueden aparecer en cada persona como virtud o como defecto, dependiendo cómo se vivan. El no molestar y la inclinación por la tranquilidad pueden vivirse junto a la solidaridad o, por el contrario, limitados por la indiferencia. Los caracteres no son ni virtudes ni defectos, pero pueden ser modificados por virtudes y defectos.

     He compartido contigo, querido lector, algunos caracteres que en su conjunto pueden reflejar un pueblo ideal. Y esto es lo que deseo de todo corazón, que todos, individual y colectivamente, marchemos hacia un futuro ideal que nos inspire una Mallorca mejor. 

lunes, 4 de agosto de 2014

¡Cómo somos los mallorquines!



            Me considero mallorquín aunque mis padres sean sevillanos porque nací en esta maravillosa isla. Lo primero que vieron mis pequeños ojos fue el cielo azul pálido y rojo del otoño y crecieron nutriéndose de la luz teñida de mar. Mis pies descalzos caminaron por la tierra de los honderos antes que por ninguna otra y esta tierra insufló en mi espíritu su carácter inconfundible. Mi olfato percibió la brisa salina del mar mediterráneo junto al lácteo olor del pecho de mi madre. Y, si bien di mi primer beso de enamorado en la ciudad condal,  la Serra fue mi primer y verdadero amor.
            Viví doce años en Barcelona. Me marché porque mi alma adolescente me exigía aventura y traspasar los límites establecidos. Viví aventuras y traspasé los límites geográficos y sociales. Y cuando menos me lo pensaba regresé a mi almendrada isla rocosa. Tal vez, por ser mallorquín de carne y forastero de sangre, me ha atraído sobremanera comprender el carácter mallorquín, del que poco se habla y menos se escribe, del que sobresalen los tópicos quedando oculto su sello. Como no sé qué es ser mallorquín, pero lo intuyo, me decidí a investigar, a observar y a poner por escrito el resultado de estas pesquisas. Lo que escribo no es la verdad, pero es mi verdad, lo que sinceramente siento y pienso.
            Hay autores que defienden que el carácter de un pueblo viene definido por su historia. De ser así cada vez seríamos más mallorquines, porque a más historia más carácter y, viceversa, en los tiempos de los honderos habríamos sido menos mallorquines que en el siglo XX. Con un pueblo pasa, más o menos, que con un individuo. Los niños, aunque no tengan muchos años de vida –poca historia- ya poseen un carácter definido. Las experiencias que vendrán luego, a medida que transcurra su vida, le permitirán aquilatar ese carácter, darle más brillo, más presencia o, por el contrario, diluirlo en la masa social si no aprovecha esas experiencias.
            De modo que la historia no es la que hace el carácter de un pueblo, sino que es uno de los muchos que le dan su forma de ser. Por ejemplo, Mallorca ha sido objeto de varias invasiones a lo largo de su historia; parece ser que todo comenzó con los íberos, luego llegaron los romanos, vándalos, bizantinos, árabes, cristianos y, por último, las oleadas germanas. Pero ¡qué pueblo no las ha tenido! Los griegos fueron invadidos por los persas, los romanos y los turcos. México por los toltecas, los españoles, los franceses y los norteamericanos. Hay quien argumenta que tanta invasión nos ha hecho indiferentes y pasotas. De ser así, los griegos y mejicanos también lo serían. De modo que, además de la historia, otros factores influyen en la formación de nuestra forma de ser.
            Para mi tiene gran relevancia el carácter de la tierra. Los antiguos hablaban del genius loci.  “Genius loci es un concepto Romano. De acuerdo a las creencias romanas antiguas, cada ser independiente tiene su «Genius», su espíritu guardián. Este espíritu da vida a la gente y a los lugares, los acompaña desde el nacimiento hasta la muerte y determina su carácter o esencia (…) El Genius denota lo que una cosa es o lo «que quiere ser», según las palabras de Louis Khan” (Christian Norberg, Revista Morar, núm. 1. Facultad de Arquitectura Universidad Nacional de Colombia). Si queremos descubrir de dónde procede nuestro carácter tendríamos que investigar cómo es el carácter del Genio de Mallorca - pero esto es asunto para otro artículo.
            Uno de los rasgos que nos definen es una especie de aversión ingénita hacia todo lo que sea ser más que los demás. Somos gente sencilla y no nos gustan aquellos que se las quieren dar de superiores. Si bien, nuestra tierra y cultura tienen unos valores únicos, históricamente no ha sido relevante ni económica, ni social, ni culturalmente, como nos recuerda el profesor Vidal, “Mallorca era uno de los Reinos que, sin lugar a dudas, ocupaba una condición de segunda categoría. Era un Reino de segundo orden” (J. Juan Vidal, "Mallorca: un Reino sin Cortes". Archivo Sardol 47/49, 1996, pp. 237-251). Algo que jamás se le perdonará a la Munar son esos aires de superioridad, de aristocracia artificial y postiza que se gastaba; algo que jamás se le perdonará al Matas, no es su palacete y sus escobillas del w.c. de 500 €, sino el haber presumido de ello. Y esto porque nos gusta la tranquilidad que da la sencillez y la austeridad. Fijémonos en nuestra arquitectura: casas, iglesias, murallas son de factura sencilla y austera, incluso la Seu es de un gótico levantino sobrio, si bien la reforma de la fachada principal, tras el terremoto de 1851, inspirada en la moda francesa de las grandes catedrales, le añadió la fachada que contemplamos hoy día y que excede de las dimensiones propiamente mallorquinas. Recordemos qué revuelo causa ese macro cartel que anuncia las cuevas del Drach a la entrada de Porto Cristo. Lo que chirría del cartel no es su instalación en suelo rústico sin la preceptiva licencia, sino lo exagerado de sus dimensiones. No es coherente con nuestra forma de ser.
            Los mallorquines somos reservados, tal vez porque no nos sentimos muy seguros hablando de nuestro ser interior. No nos definimos (“ja et diré coses”), pero esto no nos supone ninguna angustia existencial porque sí sabemos muy bien quiénes somos como pueblo. Somos defensores acérrimos de las costumbres. El mallorquín no se identifica con una personalidad, sino con una tradición. No tiene como finalidad principal en la vida realizarse individualmente, sino realizarse como pueblo. El tan socorrido tópico de que somos cerrados es totalmente falso. ¡Cuántas veces he escuchado decir que somos cerrados porque vivimos en una isla! El más idiota de los discípulos de Platón hubiera detectado al instante lo absurdo de ese argumento. Es cierto que vivimos en una isla, pero esta isla no ha permanecido desconectada del resto del mundo. Además, hemos ido absorbiendo las influencias de las culturas que han pasado por la isla, señal de nuestra mentalidad abierta y plural. ¿Quieren conocer una mentalidad cerrada? Visiten el interior de Castilla y León o los pueblos del Pirineo vasco-francés. Nosotros somos mediterráneos, vivimos en la calle y en el campo, nos gusta la fiesta (Sant Antoni y el Carnaval tienen en Mallorca un patente carácter dionisíaco) y hacer amistad con los no-mallorquines, les llamemos como les llamemos. Es más, en Mallorca, tradicionalmente, las propiedades no se cerraban con muros. El payés que cerraba un campo lo hacía para que no escaparan los cerdos, pero no para cerrar su propiedad y aislarse. Mi amigo Jaume Salamanca, ya jubilado, que trabajó muchos años reparando averías por toda la geografía de la isla, me comentaba que cuando llegaba a un possesió, lo habitual era encontrarse hasta la puerta de la casa abierta, aun cuando sa madona estuviera labrando en el huerto. Esta moda de cerrar las fincas la han traído los alemanes y la necesidad de protegerse de los delincuentes. Nuestra mentalidad es abierta, hospitalaria, acogedora como la tierra en la que vivimos.
            Sí es verdad que somos reservados a la hora de hablar de nuestro ser interior. Pero somos extrovertidos con las manos. Como mejor expresa el mallorquín su mundo interior es con el trabajo cotidiano. Esta maravillosa joya que es Mallorca es una tierra domesticada por el hombre, un hombre doméstico, de la casa, de la isla, un hombre y una mujer locales que se mueven y se entienden mejor a corta distancia. Y ha ido expresando su ser interior pacientemente, labrando, cuidando, formateando la tierra que pisa y habita. Si quieres conocer bien a un mallorquín, trabaja junto a él.
            Otra cuestión que me ha llamado la atención es que la mujer ha sido quien, tradicionalmente, ha llevado los pantalones en la casa. “Sa madona” administra, decide, amonesta en privado, educa el carácter de los hijos, toma la iniciativa y conserva su patrimonio tras el matrimonio con el régimen de separación de bienes. Ella es la “energía” del hogar. Y es que vivimos una tierra que tiene una energía femenina: acogedora, doméstica, bella, íntima, cercana y misteriosa. ¿Será femenino el Genio de Mallorca? Tal vez, por este rol marcado de la mujer, el varón no ha sentido  necesidad de madurar demasiado deprisa. Los mallorquines somos de lenta maceración. Y, claro, tampoco hemos sentido una necesidad acuciante de colocar cada cosa en su sitio de nuestra propia personalidad. Pienso que al no tener certezas de cómo somos individualmente, tendemos a ser reservados. ¿Es que no conocemos bien nuestras propias emociones y eso nos hace ser parcos a la hora de hablar de uno mismo, de nuestra interioridad? Tomeu de Can Monget me explicaba hace unos meses que al mallorquín no le han enseñado a expresar sus emociones. Los padres, los abuelos, la sociedad no  dejaba que traslucieran las emociones. Recordemos nuestra Semana Santa, callada, silenciosa, de sentimiento contenido. Y claro, ¿cómo vamos a ser espontáneamente extrovertidos si no sabemos manejarnos en lo psicológico? Eternos adolescentes, no obstante, disfrutamos sin complejos del síndrome de Peter Pan. No caemos en ninguna angustia existencial por no poder decir con palabras nuestro mundo interior, porque lo expresamos con nuestras manos. Aparentemente, somos niños, despreocupados,  incluso podemos llegar a aparentar indiferencia. Pero no nos engañemos, es pura apariencia.
            Estas son unos pocos rasgos de nuestro carácter. Mis investigaciones continúan y la pluma no quedará ociosa. ¡Hasta la próxima!

Francisco Capacete
Filósofo y abogado