miércoles, 10 de mayo de 2017

La soportable levedad del ser

Cuando Kundera escribió la novela La insoportable levedad del ser, en 1984, expresó la angustia y el dolor del ser humano ante una vida leve, sin peso, sin esencia y sin raíces, sin alma. Todos los personajes, excepto la mascota de Tomás y Teresa, viven experiencias provisionales sin expectativas que reflejan un insoportable estado de nadidad. El ser se reduce al ir/existiendo. La vida renuncia a la conquista, al ir más allá, a la búsqueda de su propio interior. La novela del escritor checo fue un éxito de ventas y de lecturas, llevándose al cine en 1988. La década de los ochenta fue prolífica en temática existencial porque el sueño de la modernidad había fracasado, la construcción de un mundo en el que todos seríamos iguales pereció con la demolición de los edificios Pruitt- Igoe en 1972. Y al despertar de ese profundo sueño, la sociedad de aquella década se preguntó “¿dónde estamos?, ¿quiénes somos?”.
Los ochenta fueron sepultados por los noventa y la aparición de las nuevas tecnologías. Los “felices años noventa” produjeron un efecto euforia en muchos sectores de la sociedad. El sector de la construcción comió y engordó. La ciencia biológica se creyó la dueña del mundo de la mano de la genética. Los Aliados desafiaron al mundo con sus súper ejércitos manipulados por súper ordenadores. Los partidos políticos se dedicaron a montar campañas fastuosas, casi versallescas, con tremendos efectos especiales. Todo era excelente, paradisíaco, hasta los bancos regalaban hipotecas para celebrar el advenimiento de la Era Perfecta. La temática existencialista casi desapareció de escena. Los filósofos dejaron de hablar del ser porque el existir no necesitaba de metafísicas ni ontologías. El yuppie no quería calentarse la cabeza mientras saboreaba la vida. Fabricamos una nueva quimera, un nuevo sueño de felicidad constante, en el que la ciencia podía explicarlo todo y arreglar todo lo que se estropeara.
Como ocurre en las familias de alta alcurnia que llegan a la ruina financiera, en las que todos sus miembros lo saben pero ninguno se atreve a hablar de ello en la mesa para no malograr los excelentes manjares, así vivimos en la primera década del nuevo milenio, con bienestares y felicidades, móviles, eurovisiones y promesas en forma de primer presidente negro de EE.UU., pero sin hablar del tema no resuelto de la existencia, del por qué vivimos y del para qué.
Todos somos conscientes del terrible agujero financiero que atraviesan la mayoría de estados, entre ellos el nuestro. Sabemos que la falta de una educación en valores cívicos y humanos hace insostenible las ciudades. Los expertos alertan sobre el cambio climático y sus consecuencias que ya están ad portas. Las enfermedades raras, las que no tienen curación y las epidemias amenazan la salud mundial. Y, además de todo ello –por si no tuviéramos poco-, permanece en la carpeta de cola de impresión esperando su turno el tema de la existencia. Cuestión crucial e importante, porque no sabiendo quiénes somos tampoco podemos encontrar el tipo de vida que nos conviene realmente. Muchos filósofos y científicos han reflexionado sobre las consecuencias de la ignorancia suprema, del quién soy, y las consecuencias son precisamente esas que he mencionado hace unas líneas.
¿Qué solución hemos elegido? ¿Conocer nuestro ser? No. Hemos elegido hacer soportable la levedad del ser. Para logar soportar el vacío interior que cada vez es más grande, hemos magnificado la diversión, llevado al extremo el deporte, histrionizado la publicidad, exagerado los premios y sorteos, intensificado los efectos de las drogas, priorizado la ganancia, maximizado el beneficio a corto plazo, entronizado la mentira alagadora. Nos hemos rodeado de efectos especiales increíbles para que su fulgor y volumen de sonido tape la pequeña voz interior de nuestra alma. Y ¡cómo no!, hemos desterrado la filosofía de los planes de estudio para que no nos moleste. Esta ha sido nuestra elección.  Así nos hemos convencido de que no hace falta saber quiénes somos para estar bien. Y si de vez en cuando nos llega algún rumor proveniente del ser que nos trastoque el bienestar, siempre tenemos a nuestro alcance los miles de falsos terapeutas que harán todo lo posible para llevarnos por la senda de la inteligencia emocional para liberarnos de la inteligencia del ser.
Conviene llamar la atención sobre la insoportable soportable situación actual. Es apenas un espejismo. Si volvemos a la filosofía a la manera clásica, a esa forma de vida profunda, que busca el contacto con el ser para vivir mejor, despejaremos los espejismos peligrosos y cada uno, en su individualidad, en su genuinidad, abandonará el mundo de lo soportable para llegar al reino de la realización.

Francisco Capacete
Filósofo y abogado

Director de Es Racó de ses Idees

domingo, 23 de abril de 2017

¿Puedo jugar con vosotros?

Desde hace muchos años vengo llamando la atención sobre el error fundamental de la teoría darwiniana y su vástago, la teoría neodarwiniana, que supone considerar la competencia un factor clave de la evolución. Y no es difícil demostrarlo porque en la naturaleza encontramos muchos más casos de colaboración que de competencia. Es claro que las imágenes de machos mamíferos luchando entre ellos en la época de celo son muy ilustrativas y casi demoledoras de cualquier otro intento de explicación. No obstante, son casos aislados comparados con los otros millones de especies que no compiten, sino que colaboran y sobreviven.
Hace pocos días, mientras jugaba con unos amigos a voleibol en el Parc de Sa Riera, se nos acercaron dos jóvenes de unos doce o trece años de edad y uno de ellos nos preguntó: “¿puedo jugar con vosotros?”. Nos alegró mucho compartir el entrenamiento con él. Rápidamente se integró en el grupo y ejecutamos jugadas francamente buenas. Al cabo de unos quince minutos volvimos a escuchar: “¿puedo jugar con vosotros yo también?”. Era el otro jovencito –el más tímido- que, habiéndose cerciorado del buen clima que había en la pista y venciendo la traba de la vergüenza, se moría de ganas de participar del juego. Les explicamos que en el deporte, como en la vida, no se trata de competir, sino de colaborar para alcanzar la excelencia (la aretḗ de los griegos); que si cada uno comparte lo mejor de sí mismo con los demás, todos salimos ganando y que el resultado más válido del partido es disfrutar de ser un equipo y no la victoria de unos sobre otros.
Nos escuchaban con los ojos entornados como cuando la luz es demasiado intensa, como si lo que oían fuera un espejismo. Nunca nadie les había hablado así del deporte ni de la vida. Y aunque el pasmo interior no les dejó dar las gracias, sé que volvieron a casa con un sentimiento de agradecimiento profundo y verdadero. ¡Qué alegría escuchar de unas personas mayores palabras tales! Así confirmábase para ellos lo que es duda para tantos jóvenes: no es necesario competir con los demás para vivir bien. ¡Cuántos jóvenes se sienten frustrados ante el adocenado futuro que les promete la sociedad actual! Un futuro distópico, sangriento y cruel, apocalíptico, en la que unos zombis saltan sobre otros zombis para chuparles la sangre. ¿Acaso no es esta la imagen más clara de las consecuencias de la salvaje competencia en el mercado laboral entre seres humanos que, más que personas, parecen muertos vivientes? No es de extrañar que los adolescentes se distancien y no quieran saber nada de ese plan que los mayores les proponen. Es comprensible que busquen evadirse de tan nefasto plan con el alcohol, los juegos virtuales o la crueldad.

Afortunadamente, las nuevas generaciones quieren construir un mundo mejor porque el presente no les basta. Sienten en su corazón que las relaciones humanas deben ser más naturales y los nuevos descubrimientos que permiten una mejor comprensión de las leyes de la naturaleza les confirman que su deseo no es locura, sino clara intuición. En la naturaleza no hay izquierdas ni derechas, ni buenos ni malos, ni privilegiados ni desheredados, hay cooperación de todos con todos. No hay pérdidas ni ganancias, ni victorias ni fracasos, hay evolución sincronizada, destino creativo en el que incluso los antepasados arriman el hombro para bien de todos.
Francisco Capacete
Filósofo y abogado

jueves, 20 de abril de 2017

Cómo se fabrica una mentira

La Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) ha hecho público el Informe sobre la VIII encuesta de la percepción social de la ciencia y la tecnología, llevada a cabo entre el 20 de octubre y el 10 de diciembre del 2016. Esta encuesta ha recogido las sensaciones que algunos sectores de la población tienen sobre algunos aspectos relacionados con la ciencia y la tecnología. Han contestado más de seis mil personas a una serie de preguntas relacionadas con su percepción subjetiva y personal.
Me llama poderosamente la atención que uno de los apartados de la encuesta verse sobre una serie de temas tan diferentes entre sí como la suerte, el horóscopo, los curanderos, la acupuntura, la homeopatía y los fenómenos paranormales, y que se agrupen bajo la rúbrica de “pseudociencias”. ¿Qué tienen que ver métodos médicos de probada eficacia como la acupuntura y la homeopatía con los números de la suerte? Es como meter en un mismo saco El Quijote, una sandía, un sextante, un ratón y una tarjeta de crédito y etiquetarlo con el nombre de “pseudocosas”. Esta metedura de pata que podría hacernos suponer que los redactores de la encuesta han cometido una falta de cultura general, me indica que hay gato encerrado. Con esta encuesta se ha fabricado, intencionalmente, una mentira.
Veamos cómo ha sido la cosa. La encuesta realizada tiene una intención clara de menoscabar a métodos alternativos a los fármacos como son la homeopatía y la acupuntura. Pero como estas disciplinas médicas son métodos de comprobadísima eficacia –y muchos médicos lo saben- para hundir su imagen se las coloca al lado de los números de la suerte, los curanderos y los horóscopos. Aquí ya tenemos la primera manipulación de la opinión pública. La homeopatía se desarrolló en Alemania hace más de 200 años y se ha aplicado con un tanto por ciento muy elevado de éxito en muchísimos países. En los estados de Arizona, Connecticut y Nevada, los profesionales médicos pueden obtener licencia para practicar la homeopatía, estando reconocida como medicina alternativa. Como método médico se fundamenta en el principio de correspondencia, en las propiedades relacionantes de los biofotones descubiertos por el profesor Fritz-Albert Popp, en la Teoría del Campo desarrollada a la luz de la Teoría de la Relatividad y la Física Cuántica y a las propiedades curativas de los elementos minerales y vegetales que todas las tradiciones del mundo han descubierto. Por otro lado, la acupuntura es uno de los métodos curativos y paliativos más antiguos de la medicina, usado desde hace como mínimo tres mil años en toda Asia. En China hay facultades de medicina dedicadas a la acupuntura. Cientos de miles de pacientes tratados con esta técnica han visto curadas sus dolencias. La Biblioteca Nacional de Medicina de los EE.UU. incluye la acupuntura en las medicinas alternativas para paliar el dolor, reconociendo su eficacia como alternativa al consumo constante de fármacos analgésicos. Por lo tanto, la acupuntura tampoco es una pseudociencia. ¿Por qué en el informe y en la encuesta se las trata de ese modo?
Curiosamente, son miembros del Consejo Científico y Tecnológico de la FECYT las empresas Merck Sharp & Dohme (MSD) y Laboratorios Farmacéuticos ROVI. Por supuesto que a estas poderosas empresas farmacéuticas no les interesa ningún tipo de métodos que curen sin fármacos, porque entonces venderían menos y obtendrían menos beneficios. Estoy completamente seguro que su interés ha presionado para que en la encuesta y en el informe se hayan incluido la homeopatía y la acupuntura en el apartado de pseudociencias para influir en la opinión pública de manera negativa. Recordemos que varios investigadores han alertado sobre las mentiras del negocio de las farmacéuticas y cómo muchísimos medicamente quitan más salud de la que dan.
La encuesta no solo recoge la percepción de un tanto por ciento de la población -seis mil de cuarenta millones-, también persigue generar opinión. Esta es la segunda fase de la fabricación de una mentira. Y aquí es donde entran los medios de comunicación. Los diarios han publicados informaciones como esta: “Los españoles no creen en horóscopos, fenómenos paranormales ni en curanderos, pero sí confían en otras pseudociencias como la acupuntura o la homeopatía. La encuesta del Gobierno que periódicamente pulsa el nivel de conocimiento científico de los ciudadanos revela un dato preocupante: más de la mitad confía «mucho», «bastante» o «algo» en la homeopatía y la acupuntura, pese a que ninguna de estas disciplinas ha demostrado su eficacia desde un punto de vista científico”. Esta información es doblemente falsa. En primer lugar, el dato no es preocupante. Ninguno de los encuestados ha dicho eso. Son más preocupantes, según la encuesta, la energía nuclear o la clonación. Es más, el informe dedica al tema de las pseudociencias 20 de las 417 páginas que tiene.  En segundo lugar, estas dos disciplinas sí que han demostrado su eficacia y su base científica.
Y ya tenemos creada una mentira. Ven qué fácil. Los ingredientes básicos son una institución financiada por intereses mercantiles, una encuesta con preguntas que contienen en sí las respuestas deseadas y unos medios de comunicación sensacionalistas o alarmistas.
Cuando leo este tipo de noticias tergiversadas me apeno profundamente. No puedo dejar de sentir que se trata a los ciudadanos como a niños a quienes hay que asustar con brujos y lobos para que no sean rebeldes y se coman la sopa. ¡Mucho cuidado con la homeopatía, la acupuntura, la astrología, el yoga, la hipnosis, el magnetismo o mesmerismo, la quiropráctica, etc.! ¡No creáis en estas pseudociencias porque os pueden hacer mucho daño! ¡Creed en la moderna ciencia que ha matado a millones de personas con las bombas químicas, que controla nuestra privacidad con los satélites espías, que envenena los mares con los residuos nucleares, que nos meten en el cuerpo sustancias letales bajo la promesa de una curación inmediata, que nos robotiza con los dispositivos electrónicos, etc.!

El problema no está en unas ciencias u otras. El problema está en el uso que se haga de ellas. Y a día de hoy, se ha abusado mucho más de las llamadas ciencias que de las ciencias alternativas.
Francisco Capacete
Abogado y filósofo

viernes, 10 de marzo de 2017

SIN RUMBO

Una de las más funestas sensaciones que tenemos los ciudadanos es que esta sociedad marcha sin rumbo. Muchos filósofos han comparado la ciudad o la sociedad con un barco que surca el mar de la vida. Este es uno de los significados de la nave de Odiseo. El héroe es el prototipo del gobernante, la tripulación es el pueblo y la odisea es el camino o ruta que debe seguir la sociedad para arribar a Ítaca, es decir, a la realización colectiva o civilización. Actualmente, nos hallamos perdidos en el océano de las circunstancias. No sabemos hacia dónde debemos ir, qué rumbo tomar y ni siquiera si existe un rumbo acertado.
Esta sensación de desorientación no es una valoración subjetiva. Es la percepción interior de una serie de hechos objetivos. Describiremos algunos y muchos otros los omitiremos para no alargar en demasía este artículo de opinión. Comenzaremos por las religiones. Cada vez hablan menos del alma y de dios y más de otras cuestiones periféricas a la religión. La Sangha –iglesia- budista prácticamente no habla de la divinidad y presta más atención a la meditación, a la felicidad y al bienestar interior. Hace poco escuché decir a un conocido que se profesa budista que le gusta esta religión porque en ella no hay dioses. Seguramente, ninguno de los sacerdotes con los que tomó contacto le habló del Addi Budha o del Avalokiteshvara, divinidades importantísimas del panteón budista. La Iglesia Católica cambia de parecer respecto a temas teológicos en cada concilio. Sus sacerdotes y dirigentes publican opiniones sobre la inferioridad de la mujer respecto del hombre, sobre la homosexualidad como enfermedad o sobre la traición que supone no marcar la casilla respectiva en la declaración de la renta, mientras los creyentes les preguntan cómo pueden conocer a dios y llegar a él, sin obtener respuestas convincentes.
 En el ámbito de la ciencia la desorientación es, asimismo, enorme. El último siglo ha sido el más fértil en inventos y desarrollo de la tecnología de la historia. Ha sido tal el frenesí y la ansiedad en la carrera de la superación de los límites de la técnica y del conocimiento que se ha perdido la referencia moral necesaria para no aniquilarnos usando los aportes de la ciencia. Parecía que el uso de la bomba atómica en Nagasaki e Hiroshima por parte de los EE.UU., en agosto del 1945, había sido una llamada de atención para blindar el uso de la tecnología con unos valores éticos universales. De hecho, tres años más tarde se aprobaría por la Asamblea de Naciones Unidas la Declaración de los Derechos del Hombre. Pero no fue suficiente y a día de hoy la producción científica está a merced de grandes multinacionales que la usan sin ningún tipo de control ético. Por ejemplo, la industria farmacéutica dedica billones de dólares a producir fármacos que no curen del todo y usa en la experimentación millones de animales tratados como carne de cañón. Desorientados están los científicos y divididos en cuanto a si la ciencia debe tener límites éticos o no.
Leemos a menudo declaraciones de artistas en las que expresan su desorientación en clave de búsqueda de nuevas técnicas de expresión. Se buscan nuevos conceptos, nuevas tendencias creativas, se prueba con una cosa y con su contraria, se exploran los extremos de lo concebible y permitido, los tabúes y los instintos psicológicos, de tal manera que se entra en el terreno de lo histriónico, lo injurioso, atentando contra la dignidad del público. Obviamente que hay artistas y obras de arte maravillosas, tanto en épocas pasadas como en la actual. Pero la falta de rumbo en el arte produce regularmente subproductos artísticos que son una verdadera tomadura de pelo. A veces al artista se cree por encima del bien y del mal porque es artista y cree que se le debe permitir todo en aras de la libertad de creación. ¿Hay que poner límites éticos a los artistas o se les debe permitir cualquier tipo de expresión con cualquier contenido? No sabemos muy bien que responder porque no conocemos el rumbo que debería seguir el arte, como tampoco sabemos qué es el arte.
Y, por último, tocaremos la falta de rumbo en la política. ¿Cómo podemos demostrar objetivamente que en la política nadie sabe hacia dónde ir? Es fácil, sólo tenemos que repasar los temas que todos los partidos han puesto sobre la mesa en sus respectivos congresos de los últimos 5, 10 y 20 años. Son totalmente diferentes. Nadie sigue una línea definida. La falta de rumbo ha provocado que en todos los congresos o asambleas se hayan producido profundas disensiones y rupturas. Se han dado casos de transformismo ideológico, como el que se ha producido en todo el arco de la izquierda. En el otro extremo, en la derecha, la corrupción se ha desvelado institucional y crónica. No obstante los abundantes casos de engaño a los ciudadanos por parte de las formaciones políticas, todavía no se ha aprobado por el Congreso una ley estatal para regular la actividad política, estableciendo las infracciones y sanciones correspondientes, así como sí se ha aprobado una ley del voluntariado, otra ley del funcionariado o de la función pública, otra de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, entre muchas otras. ¿Deben establecerse límites éticos y jurídicos a la actividad política? Y, ¿quién debe establecerlos, los mismos políticos o los ciudadanos?
En una sociedad adoradora del credo de la competencia como es la nuestra, en una nave cuya tripulación y capitanes se enzarzan en disputas continuas, estalla la violencia porque nadie sabe hacia dónde nos dirigimos, cuáles son las finalidades de la vida en sociedad y cada uno ve en el otro a su contrario. ¿Acaso no es un subproducto de esta sociedad esa persona que arremete indiscriminadamente con una escopeta o un hacha contra la gente que pasea pacíficamente por su ciudad?
¿Cómo podemos recuperar el rumbo? ¿Dónde podemos encontrar fines y principios que orienten nuestra vida en sociedad? En la filosofía. Necesitamos, más que nunca, conocer la naturaleza del individuo y de la sociedad, investigar quiénes somos y quiénes queremos ser. Necesitamos saber si la concordia es más natural que la competencia, si la ética es más importante que el beneficio crematístico, si el ser humano es materia y energía o, además, conciencia y destino.
Termino con unas palabras del profesor Jorge A. Livraga que reflejan este ideal de la filosofía. “¡Qué hermoso sería que todos los seres humanos entendiesen que es imposible perforar la oscuridad de nuestros tiempos, sus mentiras o mitos, con el bastón de la violencia, y recurriesen a encender la lámpara de la sabiduría para poder reconocerse los unos a los otros, tal como somos…!”

Francisco Capacete González

Filósofo y abogado

sábado, 4 de febrero de 2017

Sector eléctrico: un lobo disfrazado de cordero

Pocos sectores están tan regulados como el eléctrico. La normativa que regula este sector es de las más complicadas y técnicas que existen en nuestro país. Ningún ciudadano puede comprender estas disposiciones, a menos que sea un experto ingeniero y abogado. Es imposible averiguar de antemano qué derechos y deberes tenemos cuando contratamos el suministro eléctrico para nuestros hogares y lugares de trabajo. Si la factura de la luz es tan difícil de entender es porque la ley así lo establece y la ley es, asimismo, difícil de entender. Veamos si podemos poner un poco de “luz” en tan enrevesado tema, aunque este sea un propósito quijotesco.
La ley principal que regula el sector eléctrico es la Ley 24/2013, de 26 de diciembre. Curiosamente, en el artículo 1 se establece que “La presente ley tiene (...) la finalidad de garantizar el suministro de energía eléctrica, y de adecuarlo a las necesidades de los consumidores en términos de (...) mínimo coste.” ¡Oh, qué bien suena! La ley asegura que tendremos electricidad al mínimo coste. Pero, ¿cómo lo consigue? Con el Real Decreto 2019/1997, de 26 de diciembre, por el que se organiza y regula el mercado de producción de energía eléctrica. ¡Muy bien! Y, ¿qué establece esta norma? Entre otras cosas, dice que “el precio se fijará mediante un proceso de casación de ofertas en el mercado diario de producción”. ¡Vaya, ya empezamos con los tecnicismos! Más o menos, lo que se establece es que las empresas presentan ofertas de contratación de suministro eléctrico y en función de las ofertas se establece el precio. La cosa es como en una lonja de pescado. Sigamos que lo bueno viene ahora. “Las sesiones de contratación del mercado diario se estructuran en períodos de programación equivalentes a una hora natural, considerando como horizonte de programación los 24 períodos de programación consecutivos”. ¡Más claro imposible! ¡Hasta un niño de meses lo comprendería perfectamente!
Pero, ¿cuál es el precio que finalmente me van a cobrar por la luz? Dependerá del precio al que lo compre la distribuidora y este precio se fija según el procedimiento que establece el artículo 23. Dice así: “A efectos de la liquidación del mercado diario e intradiario, el precio de la energía eléctrica a pagar por el comprador y a percibir por el vendedor incorporará el precio obtenido de la casación de las ofertas y demandas en el mercado diario y el precio obtenido de la casación en el mercado intradiario” ¡Bon Jesús, ni el monstruo Coco de Barrio Sésamo se explicaba con tanta sencillez! ¡Vamos, que como no hagas un máster en sinónimos y antónimos estás más perdido “que un torero al otro lado del telón de acero”, parafraseando al Sabina.
Vamos a hacer un esquema para poder comprender todo esto. Tenemos un mercado en el que se presentan vendedores y compradores de electricidad. Por supuesto que no podemos ser ni usted ni yo. Sólo las grandes empresas pueden acceder a esta “lonja del electrón”. Los productores de electricidad suben y bajan el precio de venta en función de la demanda. Si hace mucho frío o mucho calor y se les va a comprar mucha electricidad suben el precio. Y si la previsión es de poca demanda no lo bajan, porque comprar les tenemos que comprar. El consumo eléctrico está asegurado y es casi imposible que se reduzca. Por esta razón, el precio de la luz casi nunca baja.
Y estos productores/vendedores de la luz ¿pueden establecer el precio que les de la gana? Por supuesto que sí. Porque fijen el precio que fijen les vamos a comprar. Algún economista liberal me objetará que el precio lo regula el mercado mediante la ley de la oferta y la demanda. Yo no me lo creo. Primero porque esta ley sólo funciona en una sociedad ideal, donde los vendedores y compradores no engañen. Segundo, porque cuando los productores, los vendedores y los suministradores conforman un mismo grupo empresarial, tenemos un monopolio disfrazado. Y esto es lo que tenemos en España, un lobo feroz disfrazado de cordero.
Y, además, las leyes no les han puesto ningún límite. ¿Por qué? Porque los consejeros-delegados de las compañías eléctricas son exministros, exconcejales, expresidentes, es decir, los mismos que hacen las leyes. Como son astutos, los políticos que han redactado las leyes del sector eléctrico han introducido algunos artículos sobre el bono social y los consumidores vulnerables. De esta manera pueden presumir de tener en cuenta el interés general y se lavan la cara. En realidad, han actuado concientemente aprobando leyes tan complicadas para que no podamos ver cómo benefician a unos pocos.
Un ejemplo de lo que digo es el Real Decreto 900/2015, de 9 de octubre, por el que se regulan las condiciones administrativas, técnicas y económicas de las modalidades de suministro de energía eléctrica con autoconsumo y de producción con autoconsumo. Este real decreto dispone que todo aquel que instale un panel solar en su casa o empresa, deberá pagar a las compañías distribuidoras un peaje, además de todos los impuestos añadidos y tasas administrativas ¡Curiosa manera de promover el uso de energías renovables y cumplir con el Protocolo de Kyoto y el Acuerdo de París! Es que las grandes hidroeléctricas siguen usando la energía nuclear, el carbón y los pantanos para producir electricidad.
Deben los políticos acabar con este monopolio disfrazado. Deben dejar de beneficiar a unos pocos y legislar para que el más fuerte no pueda aprovecharse del más débil. Al fin y al cabo, este es uno de los principios de la justicia y la política, corregir la fuerza del egoísmo para que podamos convivir en armonía.



sábado, 21 de enero de 2017

Lo bueno que hay alrededor

Fugaz y tímido, esta tarde ha asomado el sol. Su luz, tras casi una semana sin verla, ha deslumbrado a las pupilas perezosas y se han alegrado como niños que salieran a la calle a pisotear charcos fulgurantes. Esa llamarada de luz tranquila y sabia me hecho recordar todo lo bueno que hay en mi vida. ¡Qué necesario es prestar atención a las cosas y las personas que hacen el bien en un mundo donde abundan la frustración y las sombras!
La lista de las cosas que hacen bien es infinita. Ese paraguas un poco quebrado que nos preserva de la intensa lluvia. Los calcetines gruesos hechos a mano por nuestra suegra y que son el refugio perfecto de esos pies que parecen exploradores de la Antártida. ¡Y qué decir del calentador de agua, callado, sumiso, habitante del rincón más humilde  de la casa!
El listado de establecimientos en los que estamos bien es extenso. Qué me dicen de la tienda de frutas y verduras donde nos atiende esa dependienta a quien no le importa escuchar decenas de veces los mismos comentarios sobre el tiempo porque sabe que, a veces, es la única persona con la que podemos hablar sin necesidad de estar midiendo nuestras palabras. Es curioso que cuando no estamos tensos solemos hablar del factor meteorológico, como si al relajarnos regresáramos a nuestras raíces campestres, a esa mentalidad primigenia más cercana a la naturaleza. No nos olvidemos, por favor, de la cafetería. Los café con leche de las tardes de invierno sirven de sustitutos perfectos a las chimeneas que no tenemos o que no queremos encender. Hay cafeterías que saben a hogar, a pan recién hecho, a consejos de la abuela, a cercanía de pueblo, a humanidad fraterna.
Recuerdo, tras apurar los últimos destellos del sol de invierno, todas las entidades y organizaciones que están haciendo el bien. Las hay que, honradamente, protegen a los animales abandonados en las ciudades o en peligro de extinción en las selvas, invirtiendo grandes sumas de dinero de manera recta y eficaz. Las hay que se ponen al servicio de las personas más desfavorecidas, más desprotegidas y menos atendidas por las instituciones públicas, como son los refugiados, los huérfanos y los esclavos. Asociaciones hay dedicadas a la cultura popular, a recoger la memoria cotidiana de hombres y mujeres que han construido el país en el que vivimos. Otras que divulgan el pensamiento, la filosofía y la libertad del individuo, tan necesarios para construir una sociedad de ciudadanos libres y conscientes.
Y, ¡cómo no, cuántas personas de bien nos acompañan en el camino de la vida! Conozco a una bella persona que trabaja en los juzgados de Vía Alemania, a otra que conduce el autobús de la línea 10 y al que considero el mejor conductor de la EMT, por su profesionalidad y el buen trato que ofrece a todos los usuarios si excepción. Aquella camarera siempre ofrece una sonrisa y este funcionario me alivia la carga burocrática. Recuerdo a mis padres, trabajadores, siempre dispuestos a hacer el bien, sensatos y generosos. También regresa a mi mente el recuerdo de mi profesor de Lengua que me abrió la puerta del mundo de la poesía y me regaló el entusiasmo por la lectura. Otra buena persona con la que comparto es mi maestro de filosofía, un ejemplo de persona íntegra, ética y generosa. Y mi esposa me enseña cotidianamente valores positivos para mejorar la convivencia.
Todos tenemos cerca personas y colectivos que son, en el buen sentido de la palabra/buenos. En el  momento presente, es más necesario que nunca recordarlo y tener presente que, por muchas maldades y crueldades que ocurran en el mundo, por muchos casos de corrupción que se descubran y por variadas que sean las formas de engañar y manipular, siempre hay y habrá buenos ejemplos en los que inspirarse. No dejemos de descubrir lo bueno que hay alrededor.


viernes, 20 de enero de 2017

¡Se ha vuelto a caer el sistema!

“¡Vaya mañanita llevamos!”, se quejaba el otro día una funcionaria de los juzgados de Vía Alemania, maldiciendo el enésimo cuelgue del sistema informático. La digitalización de la Justicia era una de las grandes apuestas de la agenda del ministro Rafael Catalá, y la obligatoriedad de que las comunicaciones y trámites entre los colectivos jurídicos y las sedes judiciales se hagan de manera electrónica en todos los órganos jurisdiccionales, uno de sus primeros retos. Hazaña por el momento fallida. Cada vez que me conecto al sistema de comunicaciones telemáticas, Lexnet, del Ministerio de Justicia, aparecen avisos de paradas. Cada vez que tiene que cargarse la nueva documentación en los servidores centrales de los juzgados, el sistema queda paralizado. En un artículo publicado el 8 de enero del 2016, el Ministro de Justicia, Rafael Catalá, indicaba que los problemas son normales con la siguiente expresión: "El sistema tiene fallos, sólo faltaría". Para un sistema que empezó a prepararse en el año 2000 y que ha costado millones de euros, no es normal que tenga tantos fallos.
En principio, las nuevas tecnologías deberían facilitar el trabajo y posibilitar la prestación más ágil de los servicios. Sin embargo, en el ámbito de la justicia está ocurriendo todo lo contrario. Las condiciones de trabajo de los funcionarios cada vez son peores. Su salud se resiente. Hay más lentitud en la resolución de los expedientes. Esta semana pasada la Audiencia Provincial de Baleares pedía perdón por haber tardado nueve años en resolver un caso de negligencia médica. Los abogados y procuradores tenemos más inseguridad con el tema de los plazos, porque es obligatoria la presentación de escritos por vía telemática y esta vía telemática deja de funcionar a determinadas horas casi cada día. Ante todo esto, he querido conocer quién es el responsable de todos estos perjuicios que se están causando a los ciudadanos.
La gestión telemática de la justicia empezó a desarrollarse en el año 2010. Inicialmente lo desarrollaban IECISA (Informática El Corte Inglés, SA) y SIA (Sistemas Informáticos Abiertos). La primera empresa, por cierto, fue inhabilitada para contratar en el sector público durante tres años por cesión ilegal de trabajadores y vulneración de sus derechos en 2016.
En marzo del 2011 ya comenzaron los primeros “problemillas”. El sistema Lexnet debido al uso de componentes Active X y, por tanto, a su dependencia del navegador y sistema operativo de Microsoft, no cumplía con lo establecido en los artículos 5 y 6 del anexo IV del Real Decreto 84/2007. ¡Huy, qué descuido! Descuido o interés. Recomiendo leer el artículo del abogado José Muelas “El Ministerio de Justicia y el software propietario”, para conocer un tema de fondo muy preocupante: el Ministerio se está gastando una millonada en software propietario (Microsoft) en lugar de usar software libre, a pesar de que el libre es más seguro y tiene las mismas prestaciones que el propietario.
En junio del mismo año el TSJ de la Comunidad Valenciana informa en un comunicado que los problemas en el sistema informático de los juzgados de Primera Instancia y los Mercantiles se han generado por disfunciones en la implantación de la nueva versión del programa Lexnet y su coordinación con el programa Cicerone. El mismo fallo fue denunciado en Alicante por fuentes judiciales. Un funcionario aseguró que ese problema llevaba en activo al menos quince días.
En junio de 2012, a pesar de los fallos iniciales en la implantación del sistema, la empresa Avalon consigue otro contrato para la mejora de Lexnet por valor de 150.000 euros. De hecho no se presentó ninguna otra empresa a la licitación de ese contrato. Parecía que las cosas iban a mejorar. Sin embargo, era sólo un espejismo. A principios del 2014, Los procuradores se rebelan contra los fallos del sistema Lexnet. ¡Huy otro descuido!, resultaba que el portal “Adriano” no generaba acuse de recibo de los escritos presentados. Por si esto fuera poco, en noviembre del 2015, la empresa Avalon consigue otro contrato para la “mejora” de Lexnet.
Y llegó el 1 de Enero de 2016, fecha en que terminaba la moratoria, entraba en vigor la directiva por la cual todos las nuevas notificaciones deben ser digitales y se terminaba con la presentación de escritos en papel. Todo ello, sin haber resuelto los problemas del sistema. A los ocho días el presidente del Colegio de Abogados de Córdoba, José Luis Garrido, declaró que el problema radica en que se trata de un sistema que no funciona y que “al prohibir la presentación de documentos por la vía convencional en papel resulta que es como si nos cerraran los juzgados, lo cual es una barbaridad. Se dan situaciones tan curiosas como que la presentación de una demanda por vía telemática tarde 24 horas en cargarse".
Y a día de hoy continúan los problemas. Han transcurrido diecisiete años, se han invertido millones de euros y tenemos una situación caótica. ¿Quién o quiénes deben responder por esta situación? Han participado varios organismos privados y públicos en la historia de Lexnet. IECISA como desarrollador, Indra Sistemas o Software Labs en la coordinación de la implantación del producto en varias ciudades así como en algunos aspectos de desarrollo, Avalon como desarrollador de la implementación analítica de notificaciones y documentos adjuntos, Satec que ha participado en todas las fases (análisis, diseño software y hardware, construcción, implantación y aceptación), Novasoft y Semicro como soporte técnico y, desde el ámbito público, la Subdirección General de Nuevas Tecnologías de la Justicia y los Ministros de Justicia correspondientes.
A día de hoy, nadie ha pedido disculpas ni ha asumido sus responsabilidades ¡Qué injusticia!
Francisco Capacete
Filósofo y abogado


sábado, 14 de enero de 2017

La sociedad extrema

Hace unos días, mientras paseaba por las Ramblas de Barcelona, me detuve ante uno de esos kioscos que son como un supermercado de la señorita Pepis, porque me llamaron la atención dos objetos que estaban uno al lado del otro. Un libro para niños titulado “Planeta Extremo” y una bolsa de chips sabor extremo. Seguí caminando rumbo a mis adentros y me enfrasqué en el concepto de lo extremo. “Fíjate” –me dije- “¿te has dado cuenta de que lo extremo está por todos los lados de nuestra sociedad?”. Efectivamente, desde hace algunas décadas, se lleva lo extremo.
Han proliferado, por ejemplo, los deportes extremos. El Camel Trophy y las apasionantes escaladas de los ochomiles de los Himalayas pusieron de moda la práctica de actividades deportivas o de aventura en las que llegar al límite de la resistencia y de la supervivencia. Luego llegó el Dakar y otras carreras límites, Hace poco conocí el endurero extremo, pruebas de enduro en las que llegan a presentarse 1.400 pilotos y llegan a la meta apenas 14.
Atrae tanto lo extremo que se usa en la publicidad para lograr captar la atención del público. La publicidad extrema ha sido usada por la DGT para “crear conciencia” y lograr bajar el número de accidentes en carretera. Un video publicitario en el que saltan unos jóvenes por los aires al pisar minas antipersona, extremadamente explícito, consiguió 9,5 millones de visitas en los 4 primeros días.

En el campo de la cultura y el entretenimiento, encontramos el metal extremo nacido, según algunos musicólogos, en 1981 con Welcome to Hell de Venom; la arquitectura extrema o el extremo realismo de algunas exposiciones sobre el cuerpo humano en la que se exponen esculturas de cadáveres. Los efectos especiales colocan al cinéfilo frente a situaciones exageradas que provocan emociones potentes e instantáneas. Y en el mundo de la televisión, los reality shows representan la atracción por situaciones psicológicas extremas. El pasado mes de diciembre, la televisión rusa ha presentado un ‘reality’ extremo en Siberia donde se puede morir o quedar mutilado. E incluso en los programas de opinión los pausados diálogos han sido relegados al olvido por las discusiones airadas de los tertulianos.
Sin embargo, la extremofilia va más allá del mero entretenimiento. En la última década han ido apareciendo y agravándose conductas extremas y preocupantes que están deteriorando las sociedades contemporáneas. El extremismo religioso y el terrorismo fundamentalista –ya sea religioso o político- han causado y siguen causando centenares de muertos. La conducción extrema es una moda que provoca muerte y desolación. El estudio denominado “Nadando con cocodrilos. La cultura del consumo extremo de alcohol” del ICAP (International Center for Alcohol Policies), muestra la triste realidad de una moda que cada vez se extiende más entre los jóvenes, sobre todo, en los países del norte de Europa.
Ante todo esto, me pregunté ¿qué es lo que nos está lanzando al extremismo? Parece que estuviéramos montados en una de esas atracciones de feria que giran violentamente y uno queda pegado en la pared del habitáculo boca abajo sin caer, como le sucede al agua del cubo que hacemos rodar rápidamente. La adrenalina nos hace experimentar un espejismo de vida apasionante. Por unos instantes nos olvidamos de todos nuestros problemas y obligaciones y nos zambullimos en una fuerte emoción que nos alucina. El problema es que esa vivencia extrema termina rápido y no nos deja nada, excepto, tal vez, la dependencia por seguir experimentando sensaciones fuertes con las que convencernos de que la vida merece la pena.
¿Tan vacías han quedado nuestras vidas que necesitamos llenarlas de adrenalina, de alcohol, de drogas o de impactos visuales bestiales? Desgraciadamente, sí. El materialismo salvaje, ese que niega, no solo lo religioso y divino, sino también los ideales de justicia, bondad, belleza y verdad, las musas y los ángeles, los grandes personajes de la historia y las grandes proezas espirituales, ha castrado el alma humana de millones de seres humanos. Millones de personas que han sido adoctrinadas en que lo único real es el cuerpo. Estamos siendo llevados a los extremos por la fuerza centrífuga de la ignorancia y las prisas sin sentido.
Aristóteles recomendaba para ser realmente feliz el camino del justo medio, es decir, el de la armonía entre cuerpo y alma para poder desarrollar intensa y entusiastamente la vida interior. Siddharta Gautama, el Buda, enseñaba que el Dhammapada, la Senda de la Virtud, lleva al hombre al encuentro consigo mismo y a la liberación de todas las máscaras que nos impiden conocernos. Occidente y Oriente enseñaron lo mismo, no vivir nada de lo que tiene que ver con el cuerpo en exceso, para superar la mediocridad y vivir la areté, la excelencia. Y aquellos filósofos tenían razón, cuando una persona vive únicamente para su cuerpo cae en la mediocridad, en la cobardía o en la temeridad; mientras que si vive también para desarrollarse como persona, canalizando sus más altos y bellos ideales de vida, se alza a la excelencia interior, esa que han alcanzado todos los grandes personajes de la historia. Trabajemos para evitar los extremismos. Para ello, debemos aspirar a ser grandes.





viernes, 13 de enero de 2017

El delito de la limosna fácil


Hace algunos años era habitual encontrarse con señoras ante las puertas de los centros comerciales con un menor o con discapacitados en los semáforos pidiendo limosna. Pero desde que se desarticularon algunas bandas mafiosas dedicadas a la mendicidad, por cometer el delito del artículo 232 del Código Penal (Los que utilizaren o prestaren a menores de edad o personas con discapacidad necesitadas de especial protección para la práctica de la mendicidad, incluso si ésta es encubierta, serán castigados con la pena de prisión de seis meses a un año), el clan mafioso que controla la mendicidad en Palma debe haber dado indicaciones de no usar niños ni discapacitados para poder seguir lucrándose de la buena fe de las gentes sin cometer de facto ningún delito.
Según las noticias publicadas en diversos medios estos últimos días, las personas que practican la mendicidad de forma “asociativa” pueden llegar a recaudar hasta 140 € al día, según cálculos de los agentes de la Policía Nacional y Local. Esto supone que el clan puede estar ingresando unos 4.000 € diarios, 120.000 € al mes. ¿Es esto mendicidad? No. “Mendigar”, según el Diccionario de la RAE, es la acción de pedir limosna y ésta es aquella cosa o cantidad de dinero que se da por caridad, es decir, para paliar cierto estado de precariedad en que se encuentra accidental o provisionalmente una persona. Esta mendicidad no está prohibida ni por las ordenanzas del Ayuntamiento de Palma, ni por el Código Penal. Pero lo que sí está prohibido es usar a menores o discapacitados y la asociación ilícita. No sólo está prohibido, sino que es inmoral y repugnante el abuso del sentimiento de caridad, como también ha sucedido en el caso Nadia.
¿Este clan de la mendicidad está cometiendo algún delito o alguna infracción administrativa? Si es así, ¿se les puede disolver, detener o sancionar? Personalmente pienso que sí y por varios motivos.
En primer lugar, podría considerarse por parte de la Inspección de Trabajo que los mendigos son trabajadores de una empresa que no está dada de alta y que no los tiene debidamente contratados. Se les podría sancionar a los gerentes de esta supuesta empresa por dedicarse a practicar la mendicidad sin las licencias correspondientes. Pero esto es rizar el rizo. Aunque viendo cómo persigue la Inspección a algunos autónomos, bien podría dedicar su excesivo celo a investigar este caso.
Otra posibilidad es que la mafia de los mendigos esté cometiendo un delito continuado de estafa (artículo 248 del Código Penal). En principio, se da el tipo penal porque producen un engaño bastante en aquellas personas que realizan una entrega patrimonial (limosna) que no harían si supieran a qué va a ir destinada. Si esto pudiera demostrarse nos encontraríamos ante un delito de organización ilícita, prohibida por el artículo 515.1 del CP.
Según fuentes policiales, se está realizando un seguimiento de este clan, investigando si efectivamente están incurriendo en algún ilícito penal. Vamos a ver en que queda la cosa, porque estas mafias, como los virus, tienen una tremenda capacidad de mutación para sortear los mecanismos represivos del Estado. Sin embargo, un estado social y democrático de derecho como el nuestro, no puede permitir que se realicen estas prácticas porque redundan en un perjuicio general. ¿Quién va a seguir confiando en quién? Y una sociedad en la que nadie confía en su vecino se convierte en una fuente de conflictos. Si se desprestigia la caridad muchas personas dejarán de serlo.
Palma es una ciudad que, a pesar de algunas deficiencias, mantiene un nivel de bienestar y convivencia muy satisfactorios. Hay que cuidarlo y protegerlo. No dejemos que gente sin escrúpulos dinamite ese gran valor humano que es la caridad para que cada vez haya más personas de buen corazón, más personas solidarias y un mejor convivencia.