lunes, 25 de septiembre de 2017

Los camiones kamikazes




En los últimos tres años, el terrorismo de corte yihadista ha golpeado con especial énfasis a los países occidentales. Recordemos que en el año 2015 dos terroristas irrumpieron en el edificio donde se encuentra la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo y abrieron fuego contra los trabajadores. Ese mismo año, también en París, un grupo de desconocidos abrió fuego en un restaurante del X distrito de la ciudad, momentos después, un tiroteo se produjo en la sala de conciertos Bataclan. Simultáneamente, se produjeron tres explosiones cerca del Estadio de Francia donde se disputaba un amistoso Francia-Alemania. En diciembre, un matrimonio musulmán provoca una masacre en San Bernardino, California, en una residencia para discapacitados. En 2016, atentado en el aeropuerto de Bruselas, otro en Niza producido por un camión de gran tonelaje, otro en Berlín con el mismo método. Y en 2017, los camiones kamikazes provocan atentados en Jerusalén, Londres, Estocolmo y Barcelona.
¿Quién está detrás de estos atentados? ¿Son simples fundamentalistas o grupos organizados, bien financiados, adiestrados y adoctrinados? Podríamos pensar que los servicios de inteligencia de todas las potencias están detrás de algún que otro atentado, pero serían simples conjeturas, eso sí, no carentes de cierta verosimilitud. Porque para los estados es más importante la macroeconomía, que la vida. Así lo han demostrado demasiadas veces a lo largo de los últimos siglos.
Según los datos de los servicios de inteligencia, actualmente operan varias organizaciones terroristas que presentan el yihadismo como un componente ideológico importante. Hizbollah, Hamas, Al Qaeda, Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, Grupo Islámico Combatiente Marroquí, Yihad Islámica Al Qaeda en la península arábiga, Al Qaeda en la tierra de los dos ríos, Ansar Al-Sunah. Y el último grupo en crearse es el ISIS o DAESH, liderado primero por Al Zarqawi y, tras su ejecución por Abu Omar Al-Bagdadi.
Todos estos grupos terroristas han surgido en un país que ha sufrido la colonización, el protectorado o directamente la invasión de estados que han participado activamente en la Guerra Fría. Ésta finaliza formalmente con el idilio Reagan/Gorvachov en la década de los ochenta. Rusia, EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Italia, España y Alemania, a los que hay que sumar la cada vez más influyente China, apoyaron y apoyan a las oligarquías que gobernaron en la zona con mano de hierro. En Argelia a la dictadura militar, en Libia a Muammar Al-Gadafi, en Egipto a Nasser y después a Mubarak, en Irak a Sadam Hussein, en Siria a Hafed Al-Aasad y después a su hijo heredero Bashar. Estos dictadores se habían formado en las metrópolis europeas y quisieron modernizar sus países apartando a la religión e introduciendo costumbres y modos occidentales bajo férreo control policial y militar, de tal manera que en las grandes ciudades y en el seno de las clases medias la religión llegó a ocupar un lugar muy secundario.
Pero las élites se olvidaron de los sectores más humildes y desprotegidos de la sociedad. La corrupción creció hasta límites insospechados. Los clérigos musulmanes comenzaron a construir escuelas islámicas y a dar de comer a los hambrientos que eran la inmensa mayoría del país, un país rural ajeno a las modernidades de Occidente. Ante esa coyuntura, el discurso de muchos sacerdotes musulmanes –sobre todo los pertenecientes al grupo religioso los Hermanos Musulmanes- se fue radicalizando. Su discurso político es que Occidente es el enemigo, ha destruido sus costumbres, se lleva sus riquezas y mata mujeres y niños desde aviones que ni siquiera alcanzan a ver. La Guerra Santa abría, de ese modo, un doble camino, por un lado, se podría devolver parte del daño a los causantes, por otro, convertida la vida terrenal en un valle de lágrimas, cabía la posibilidad para los más valientes guerreros de pasar al Paraíso mediante el heroísmo y la inmolación. Este discurso ha sido la principal motivación de los miles de jóvenes que se han ido uniendo a los grupos terroristas.
Por otro lado, muchos soldados del oriente medio que sirvieron en las guerras y guerrillas patrocinadas por la Unión Soviética y los EE.UU., se quedaron sin trabajo al retirarse la URSS de Afganistán. Muchos fueron contratados por los grupos terroristas que surgieron en los ochenta para formar y actuar. Estos veteranos formaron a la nueva generación y les enseñaron cómo jugar con y engañar a las grandes potencias. La invasión de Iraq y Afganistán por parte de los EE.UU. fueron un auténtico fracaso que dejó, sin embargo, dos países destruidos y traumatizados.
Los movimientos de las grandes potencias occidentales en el tablero de la política internacional, ha generado unos efectos que no sospecharon y que han ido estallando en forma de terrorismo que asola la propia zona de Oriente Medio y, desde el 11 de septiembre de 2001, también a aquellos países que no querían tener problemas en casa y por esta razón organizaban guerras en otras partes del mundo. El tiro les ha salido por la culata.
Si buscamos las auténticas causas del terrorismo yihadista, tenemos que irnos varios siglos atrás y descubrir que una visión de la vida mercantilista, economicista y materialista está detrás de esta lacra y muchas otras, como el hambre en el mundo, las enormes bolsas de pobreza y miseria y las constantes guerras y persecuciones de pueblos y minorías étnicas y religiosas. La colonización y el neocolonialismo son páginas de nuestra historia que nunca debían haberse tolerado. Ningún país tiene legitimidad ni derecho de saquear a otro país. El día que se comprenda el daño efectuado por las ansias de enriquecimiento de todos los países de economías importantes, comenzará el principio del fin de los obstáculos que impiden la paz.
En realidad, no nos enfrentamos a una amenaza yihadista global, estamos enfrentando una amenaza mercantilista global. Escribió Antoni Segura en su libro “Señores y vasallos del siglo XXI” que “El falso debate sobre la incompatibilidad entre islam y democracia oculta, en realidad, el verdadero trasfondo político, económico y social de la mayoría de los conflictos”.

Francisco Capacete

Filósofo y abogado

domingo, 23 de julio de 2017

Una ciudad necesita ciudadanos



La ciudad es lo contrario de la caverna. Así como en las cavernas se vivía una realidad mágica e intimista reservada a los chamanes iniciados, en la ciudad se exterioriza todo el potencial civilizatorio del ser humano, se construye un ámbito social regulado donde vivir de acuerdo al ideal de la convivencia. La caverna fue un lugar donde conectar con el “yo” espiritual. La ciudad es un locus para el “yo” terrenal. En las cavernas el hombre se perdía en el mundo insondable de los espíritus, mientras que en la ciudad los hombres se encuentran con sus semejantes.

La historia de las ciudades tiene más de 10.000 años. En la Anatolia central se han hallado los restos arqueológicos de las ciudades más antiguas. Ciudades construyeron también los antiguos americanos en medio de las selvas y en África en el curso de río Zambeze. Pero, nuestra idea de ciudad viene de los griegos y los romanos. La Grecia Clásica pensó que los hombres debían vivir en la tierra según el modelo del logos tal y como se expresaba en el kosmos. Así nació la polis. La ciudad griega tomaba como modelo la armonía de los cielos. Debía regirse por el conocimiento de la naturaleza y ser gobernada por los sabios. Aunque ni la esplendorosa Atenas logró plasmar al cien por cien el modelo ideal, los griegos nos legaron ideas políticas que no han sido superadas en dos mil quinientos años. Una de esas ideas era que el ciudadano debía cumplir un papel protagonista principal en la conducción de la ciudad. Además del gobernante, el ciudadano debía participar activamente en los asuntos públicos que afectaban a todos, todos los días.

Los romanos, mucho más prácticos, pero menos filosóficos que los griegos, nos legaron el plan general urbanístico, el cómo hacer una ciudad racional y saludable. Para ellos también jugaba el ciudadano un papel de primer orden en la política cotidiana. Los pater familias, así como el resto de ciudadanos de la Plebe a través de sus tribunos, participaban activamente en las decisiones que afectaban a la ciudad.

La Revolución Francesa, más modernamente, recogió el ideal grecorromano y propuso la figura del ciudadano como pieza clave en el desarrollo de las sociedades hacia la libertad, la igualdad y la fraternidad. Claro que, tras unos siglos de monarquías ociosas e irresponsables, todo estaba por hacer en aquella Francia prenapoleónica. Y hoy, ¿no sigue estando todo por hacer?

Vivimos la crisis de la ciudad. Las ciudades se han vuelto inhumanas, están sucias, con grandes desigualdades, falta de infraestructuras para todos, deficiente transporte público, burocracia asfixiante, paro, saturación de hospitales y juzgados, centros escolares sin calefacción o aire acondicionado, etc. En Palma, además se añaden los problemas de la vivienda, la saturación turística y un trazado viario medieval. Desde todas las direcciones se oyen quejas, todos levantamos la voz para señalar los problemas que nos encontramos en nuestra ciudad y todos les exigimos a los políticos y gobernantes que solucionen todos esos problemas. Pareciera que creemos que los gobernantes son como el dios hebreo: omnipotente. Sin embargo, me pesa decirlo, ni los políticos ni los gobernantes pueden solucionar todos los problemas.

Pongamos un ejemplo. La recogida de los residuos sólidos urbanos. El ayuntamiento habilita contenedores en casi todas las calles, papeleras en los parques y aceras, servicio de recogida, etc. Además, aprueba unas ordenanzas en las que se sanciona el depósito de las basuras fuera de los lugares habilitados, así como otras conductas como arrojar escombros descontroladamente. ¿Cuántas personas incumplen lo ordenado por las ordenanzas y ensucian la ciudad? Miles. Por mucho que limpien los servicios municipales, mientras sigamos ensuciando de manera insensata, la ciudad seguirá estando sucia. ¿Qué puede hacer el ayuntamiento frente a las conductas incívicas? Muy poco.
¿Por qué se encarecen los alquileres, cuyo caso paradigmático es la ciudad de Ibiza? ¿Por culpa de los turistas? Obviamente, no. La culpa la tienen aquellas personas que ansían lucrarse con sus propiedades. ¿Qué puede hacer el gobierno frente a esto? Muy poco, porque no puede frenar las tiránicas leyes del Mercado, ni saltarse la defensa de la propiedad privada como un derecho fundamental constitucional.

Entonces, ¿qué podemos hacer para tener una ciudad en condiciones? Rescatar la idea del ciudadano. Fomentar los valores de consciencia pública, responsabilidad y participación activa como bastiones de un civismo civilizado. Somos todos y cada uno de los que vivimos en la ciudad los responsables de cómo está. No podemos evadir esa responsabilidad cargándola a las espaldas de los gobernantes, porque ellos no son como el dios hebreo que ve lo que hace el hombre a todas horas. No. Pero cada uno de nosotros sí que ve lo que hace en cualquier momento y ahí entra el valor o atributo de la conciencia pública. Conciencia de lo público es tener presente que la ciudad es de todos y que es tan valiosa como nuestras casas particulares. La calle es de todos quiere decir que es responsabilidad de todos. Las plazas públicas son responsabilidad de todos, forman parte de la casa común: la ciudad.
Paradójicamente, hemos regresado a las cavernas que son nuestras casas, en este caso no para perdernos en la inmensidad de lo insondable, sino para evadirnos del trabajo común, de la res publica. Acurrucados en las modernas cavernas, adorando al espejo de ilusiones de la televisión o de la internet, nos vamos –permítaseme la expresión- primitizando, perdiendo una parte importante de nuestra esencia humana que es lo social.

¡Salgamos –como aconsejaba el divino Platón- de las cavernas y pongámonos manos a la obra colectiva que es nuestra ciudad! Nadie puede hacerlo ni por ti ni por mí. Volvamos a ser ciudadanos de plenos derechos y dignos deberes.

Francisco Capacete

Abogado y filósofo

lunes, 17 de julio de 2017

El compromiso social de la filosofía



El pasado lunes 10 de julio, participé como filósofo voluntario de Es Racó de ses Idees en la primera sesión que, sobre el sentido de la vida, ha organizado la asociación pro-salud mental Estel de Llevant. Esta asociación tiene el objetivo de mejorar las condiciones personales, sociales y laborales de las personas con problemas de salud mental y de sus familias en el entorno donde viven, las comarcas de Llevant y Migjorn. Los usuarios siempre han sido los verdaderos protagonistas de todos sus proyectos. La escuela de filosofía Es Racó de ses Idees y Estel de Llevant colaboran desde hace años aportando ideas filosóficas a los usuarios del centro. Cuando nos propusieron abordar el difícil tema del sentido de la vida con estas personas, nos alegramos profundamente, porque teníamos una nueva oportunidad de demostrar a todos que la estigmatización de las personas que tienen afectada su salud mental es un prejuicio injustificado. Íbamos a reflexionar con ellos, nada más y nada menos, que sobre el sentido de la vida.
Nada más comenzar surgieron preguntas y dudas. ¿Por qué cuando tratas de hacer el bien a los demás, a veces sufres? ¿Qué es mejor dejarse llevar o planificar nuestras vidas? ¿Hay que prepararse para afrontar la muerte? ¿De dónde viene el ser humano? ¿Qué nos aporta la religión? Las preguntas se fueron alternando con las opiniones e ideas de cada uno. Por ejemplo, conversamos acerca de la importancia del amor y de cuidarse de los seres queridos y cercanos. Y así, volaron raudos los 60 minutos de que disponíamos. Afortunadamente, quedaban dos encuentros más para continuar con un tema tan apasionante y que interesa a todos.
Al finalizar, los rostros de todos los usuarios se habían transformado, ya no eran los mismos porque un destello de conciencia prendió en su interior. Aina Mascaró, coordinadora y enfermera de salut mental, nos lo hizo notar. En Estel de Llevant son partidarios de darle prioridad a la actividad física, artística e intelectual, sobre la medicación. La medicación sola no cura. A veces no queda más remedio que administrarla, pero la curación es un proceso más complejo que engloba entorno familiar y social, diagnóstico y tratamiento y un buen alimento interior. Es lo que se conoce en los ámbitos profesionales como la atención integral.
En la década de los 80 surge en España el movimiento de salud mental comunitaria que tiene como eje fundamental la rehabilitación psicosocial e integración laboral. El profesor y psicólogo Alejandro Arribas explica que “La rehabilitación psicosocial forma parte de la atención integral a enfermos mentales crónicos y trata de complementar el tratamiento farmacológico para conseguir la mejora del funcionamiento personal y social. Se sitúa en el ámbito de la prevención terciaria, es decir, intentando disminuir las secuelas de la enfermedad, aprendiendo y potenciando la recuperación del mayor número de capacidades posibles. De este modo la rehabilitación apoya a los enfermos mentales en el desempeño de sus roles y capacidades en todas las áreas de su vida, promoviendo la mayor autonomía e independencia posible”.
Una herramienta útil para promover en los usuarios de centros de salud mental una mayor autonomía personal es, sin duda, la filosofía. Por esta razón, la entidad que dirijo tiene asumido el compromiso de ser útil a la sociedad, de hacer de la filosofía un componente más de la cultura al servicio de los ciudadanos, de todos los ciudadanos, sin exclusiones. Para ello, debe el filósofo ser claro y alejarse tanto de los tecnicismos como de la arrogante erudición. Decía Ortega y Gasset que la claridad es la cortesía del filósofo. Ser claros y sencillos en la expresión de las ideas no es síntoma de ignorancia o falta de preparación, sino de inteligencia, pues sólo los inteligentes pueden sintetizar las ideas y los razonamientos en pocas palabras. Decía Confucio que las palabras del sabio son concisas pero expresivas, casuales pero plenas de un significado oculto y el sabio es experto en presentar ejemplos ingeniosos para que las gentes lo entiendan.
Tal vez, la crisis que enfrenta la filosofía desde hace décadas y que ha propiciado que muchas personas la vean como algo inútil y prescindible, venga causada por el alejamiento de los filósofos de la sociedad. Un alejamiento no tanto físico, sino intelectual. Es como si las facultades de filosofía hubieran construido torres de marfil donde el filósofo se solazó pensando teorías que nada tenían que ver con la realidad profunda cotidiana. Mientras los médicos, dentistas, ingenieros y payasos se comprometían con los problemas del mundo y promovían asociaciones de voluntariado y ayuda social, los filósofos permanecían en su solitaria torre. Si queremos que la filosofía vuelva a brillar como en la Grecia Clásica tenemos que arrimar el hombro en la construcción de un mundo mejor.
Las personas necesitamos filosofía y la filosofía necesita comprometerse con la sociedad. Esta mutua necesidad hace que las ideas se conviertan en herramientas de progreso humano.
¡Gracias a los amigos de Estel de Llevant por regalarnos una nueva ocasión de cumplir con nuestro compromiso!

sábado, 10 de junio de 2017

¿Qué hacemos con los muertos?

¿Cómo es conveniente morir? ¿De pie, estampado al volante de un ferrari, en la cama de un hospital, arropado de arrugas y nietos o fulminado por una bala anónima? ¿Cómo preferiría, queridísimo lector, el escenario y las circunstancias de su último suspiro? ¿ Una noche lluviosa y etílica, un atardecer heroico o una mañana en el hospital mientras el médico les deja caer a sus familiares el “no hemos podido hacer nada más” como si se refiriera al motor del coche? Sea como sea, esa no es la cuestión más importante. El tema realmente importante es qué van a hacer los demás con uno, tras nuestra marcha hacia el misterioso ocaso.
Hay quien dice que el hecho de la muerte es incómodo para nuestra sociedad y que las personas tratamos de evitarlo porque no sabemos cómo gestionarlo. ¡Obviamente que la muerte es incómoda y hasta dolorosa! ¿Gestionarla? ¿Se puede gestionar la muerte, el sufrimiento, la despedida? No. Se puede gestionar un negocio, una compraventa, un patrimonio, pero no el alma humana y su destino. Es que hay terapeutas superficiales que lo arreglan todo gestionando, las emociones, el dolor, el pasado, el subconsciente, el temor, el odio, etc., y algunos hay que pretenden gestionar la muerte. Me pregunto, ¿cómo vas a gestionar algo en lo que no tienes experiencia? ¿Es que te has muerto ya varias veces?
¿Qué es la muerte y qué se debe hacer con los muertos? Para algunas culturas la muerte lo es del cuerpo, pero no del alma, que sobrevive y se traslada a otra dimensión más beatífica, tras pasar por el lugar de la purga. Para otras, la muerte es un aletargamiento de la conciencia en lo físico, disolviéndose éste al faltarle el principio animador –el ánima. La conciencia se desprende del cuerpo, como el vapor del mar y asciende a lo que se ha convenido en llamar el Cielo entre los cristianos, el Devakán entre los hindúes, el Valhalla en la mitología nórdica, etc. tras un periodo más o menos largo, regresa a lo físico renaciendo en un nuevo cuerpo, como regresa el vapor en forma de agua al océano. Dependiendo de la forma de entender la muerte y el alma, las sociedades han ideado maneras diferentes de tratar el cuerpo del difunto. Unas lo entierran bajo tierra – de ahí la palabra “entierro”-, otras lo sepultan en un nicho o tumba, otras los incineran y culturas ha habido que dejaban el cadáver expuesto para que las aves carroñeras devolvieran el cuerpo a la naturaleza.
Aquellas culturas lo tenían muy claro, sabían qué era la muerte y qué hacer con sus muertos. El problema lo tenemos nosotros que hemos perdido el conocimiento del más allá tras haberle vendido el alma al materialismo ateo. Los budistas tibetanos dejaron explicaciones muy concretas sobre el viaje del alma en el Bardo Thodol, así como los egipcios antiguos lo hicieron en el Libro de la Salida del Alma a la luz del Día –mal traducido como Libro de los Muertos. Dante se esmeró en describir los paisajes que se encuentra el alma en el otro lado. Decenas de miles de personas han experimentado experiencias cercanas a la muerte y relatan qué ocurre cuando morimos con una sorprendente coincidencia de datos. Pero el materialismo ateo niega todo esto y coloca este conocimiento en el cajón de las supersticiones. Pero, ¿cómo puede negarle valor a lo que no investiga? La muerte es un trauma para el materialismo y se enfrenta a ella con miedo, pavor o infantiloide indiferencia.
Es cierto que este tema no suele ser centro de conversaciones. Tampoco aparece entre las materias de estudio de los niños. Cuando algún ser cercano fallece muchos padres no saben cómo decírselo a sus hijos y muchas personas reconocen su incapacidad de acompañar a los familiares en el sentimiento. En el fondo no sabemos cómo estar en los dominios de la parca fatídica. Desde pequeños nos enseñaron a comportarnos en la mesa, a limpiarnos el culito y a saludar por la calle, pero nadie nos mostró cómo proceder en el momento de la muerte, ni profesor alguno nos explicó qué es la muerte. ¡Con razón nos sentimos ignorantes y desamparados! Esta sociedad materialista y desganada, negacionista del alma y de todo aquello que no pueda explicarse como “cosa”, nos niega, asimismo, un derecho y un deber fundamentales: vivir la muerte de manera natural.
¿Qué hacemos con nuestros muertos? Esta cuestión es un verdadero trauma. Y como no sabemos qué hacer, nos enzarzamos en asuntos periféricos como monumentos, homenajes y pomposas muestras de dolor ficticio. El caso del monolito de Sa Feixina es una clara muestra de nuestra incompetencia ante la muerte. Unos desean conservarlo porque es un homenaje a chicos muertos en una guerra. Otros desean derribarlo porque es un homenaje a chicos muertos que no eran republicanos. Unos declaran que es un monumento fascista y otros que es un monumento patriótico. Siguen los bandos en pie de guerra. Las guerras intestinas que sufrió este país provocaron decenas de miles de muertos. Los muertos no son de un bando ni del otro, son muertos. ¿Qué hacer con ellos? ¿Nos seguiremos peleando y enfrentando en su nombre? ¿Es esta la mejor manera de honrar sus muertes? Parecemos ciegos que se pegan de tortazos sin saber quién es su amigo y quién su enemigo. Esperpéntica estampa que, de vivir Goya, inmortalizaría en algún papel. Dejemos tranquilos a los muertos y vivamos en paz sabiendo que la vida sigue, pero sigue hacia adelante.

Francisco Capacete González
Filósofo y abogado


viernes, 9 de junio de 2017

El eco de Descartes


La Edad Moderna tiene dos inspiradores: Newton en la ciencia y Descartes en la Filosofía. El primero puso las bases de la investigación del mundo y el segundo del pensamiento. Se acostumbra a considerar a René Descartes (1596-1650) como el fundador de la filosofía moderna. En su obra encontramos una frescura que no se halla en ningún otro filósofo desde Platón. Descartes no escribe como un profesor, sino como un descubridor y explorador, afanoso por comunicar sus hallazgos en el mundo del pensamiento.
Desde joven buscó la tranquilidad necesaria para dedicarse a pensar y ello le llevó a viajar continuamente, hasta que en Holanda encontró el anonimato suficiente para no ser molestado. Personaje tímido y conocedor de las ideas de Galileo, tuvo la prudencia de no publicar su primer libro para evitar ser molestado por la Inquisición romana. No obstante, sufrió persecuciones y ataques desde las iglesias y las universidades, en las que, a pesar del paso renovador de filósofos como Giordano Bruno, todavía se dogmatizaba en torno a la figura de Aristóteles. Matemático, filósofo, soldado, hombre de delicada salud, pasaba horas enteras seguidas meditando, convencido de que viajando por fuera no iba a encontrar cosas más válidas que “moviéndose” por dentro.
Su contribución a la geometría fue la invención de la geometría coordenada, es decir, la que se basa en la determinación de la posición de un punto en un plano por su distancia a dos líneas fijas. En física, Descartes se posicionó mecanicista, porque consideraba que las cosas y los seres eran como máquinas, regidos absolutamente por las leyes de la física, si bien los seres humanos disponían de un alma ubicada en la glándula pineal que podía desviar el movimiento de los cuerpos a voluntad. Dios era la condición necesaria para darle sentido a la existencia de este universo mecánico.
Sus dos obras más importantes son el Discours de la Méthode (1637) y las Meditations (1642). Descartes comienza explicando el método que llamamos la “duda cartesiana”. Para encontrar una base firme para su filosofía decide dudar de todo aquello que sea realmente dudoso. Comienza dudando de los sentidos, de los sueños, de las cosas corpóreas y aun de las ciencias “perfectas” como la aritmética y la geometría. Pero de lo único que no cabe dudar es que el que duda y el que piensa que duda es algo que existe, que está ahí. El “pienso, luego existo” (o “soy” según las últimas traducciones), da más certeza a la mente que a la materia. Esta posición tuvo gran eco en el idealismo alemán por contraposición al empirismo británico. En su teoría del conocimiento tomamos contacto real con las cosas externas cuando las pensamos, no cuando las tocamos, vemos o sentimos. Los hechos indubitables, para Descartes, son el “yo pienso” y estas primeras certezas empíricas halladas en los pensamientos y no en los objetos externos fueron muy importantes para toda la filosofía posterior. La mente toma un valor y una importancia fundamentales. Todo es más verdadero cuando se piensa claramente y estas ideas serán los orígenes del Racionalismo.
En su teoría del mundo, el cartesianismo es rígidamente determinista. Tanto los organismos vivos como la materia inerte están regidos por las leyes de la física. Esta es la base filosófica de la ciencia moderna. Todo, absolutamente todo, puede ser encerrado en leyes matemáticas, puesto que toda la naturaleza está ordenada matemáticamente.
De Descartes dijo Bertrand Russell: “La coherencia le habría convertido simplemente en el fundador de un nuevo Escolasticismo; en cambio, la incoherencia le convirtió en el punto de partida de dos escuelas filosóficas importantes, pero divergentes”, el Idealismo y el Racionalismo.
Hoy día van superándose las concepciones cartesianas por cuanto dividieron la naturaleza en clasificaciones y el pensamiento en especialidades, regresando a una visión integradora de lo que es naturalmente una unidad. Sin embargo, Descartes es un claro ejemplo de buscador independiente y original que trabajó para construir un criterio válido. No puedo dejar de compartir un párrafo de su célebre Discurso que me parece consejo y ejemplo digno de tener en cuenta: Mi propósito, pues, no es el de enseñar aquí el método que cada cual ha de seguir para dirigir bien su razón, sino sólo exponer el modo como yo he procurado conducir la mía. Los que se meten a dar preceptos deben de estimarse más hábiles que aquellos a quienes los dan, y son muy censurables, si faltan en la cosa más mínima. Pero como yo no propongo este escrito, sino a modo de historia o, si preferís, de fábula, en la que, entre ejemplos que podrán imitarse, irán acaso otros también que con razón no serán seguidos, espero que tendrá utilidad para algunos, sin ser nocivo para nadie, y que todo el mundo agradecerá mi franqueza. 
El eco de Descartes resuena entre las hojas de los libros susurrándonos al oído ´eres, no dudes de ello, no dudes de ti´. Hoy necesitamos construir cada uno de nosotros nuestro propio criterio personal, nuestra manera propia de caminar por la vida, de pensar, de decidir, de amar, de reír, de recuperar fuerzas y de compartir. Un criterio propio, fruto de la propia experiencia y afán de crecimiento, es el mejor escudo contra la presión de las circunstancias y las opiniones ajenas.


Francisco Capacete González
Filósofo y Abogado
Director de Es Racó de ses Idees