domingo, 25 de marzo de 2018

La estremecedora verdad sobre el cuero


Paradójicamente, muchas personas que consumen carnes orgánicas o de corral porque quieren alimentarse de una manera más ética, compran cuero barato. Esto no tiene sentido: si no te metes un bistec de un desdichado animal, ¿por qué comprar su piel? Dado que gran parte del cuero que utilizamos proviene de países donde el bienestar animal está a la cola de las prioridades, no creas que el animal del que proviene tu bolso llevaba una vida feliz.
Desde ropa y accesorios como cinturones y bolsos, hasta sofás y asientos de automóvil, el cuero se encuentra en todas partes. A la mayoría de las personas se les hace creer que el cuero es simplemente un "residuo" de la industria de la carne y que si no lo usamos se desperdiciará. Este es un concepto erróneo muy común. La verdad es que gran parte del cuero que se vende proviene de animales sacrificados principalmente por sus pieles. 
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La mayoría del cuero proviene de vacas de la India. Como este país prohíbe la matanza de vacas, se las fuerza para que mueran de agotamiento. Son forzadas a soportar viajes brutales y agotadores donde se enfrentan a un fin inimaginable. Cuando son transportadas en tren, se amontonan hasta 900 vacas en un vagón con una capacidad máxima de 80 a 100 animales, por lo que entre 400 y 500 llegan muertas. En algunas rutas, las vacas son atadas y transportadas a pie. No se les permite descansar ni beber, y los trabajadores las golpean y les frotan pimientos picantes y tabaco en los ojos, en un cruel esfuerzo por mantenerlas en movimiento. El cuero más suave y lujoso proviene de la piel de las crías recién nacidas o incluso por nacer, extraídas prematuramente de los úteros de su madre, una práctica que causa dolores y sufrimiento extremo a las vacas madres.

No son solo las vacas las que sufren la crueldad de la industria del cuero. Cabras, cerdos, ovejas, corderos, caballos, ciervos, canguros, serpientes, caimanes y elefantes también se encuentran entre las víctimas. Quizás aún más alarmante es el hecho de que China, el principal exportador de cuero del mundo, despelleje aproximadamente dos millones de perros y gatos cada año. Esta piel no se distingue a simple vista, y no existen obligaciones actuales de los minoristas de etiquetar el país o la especie de origen de la prenda de cuero, por lo que es imposible rastrear el origen de un artículo con precisión.
Al contrario de lo que se piensa, el cuero no es un subproducto. Los animales que se usan para hacer cuero no se matan primero para producir carne. Para las variedades exóticas de cuero, como el avestruz, la demanda de la piel es lo primero y la carne se vende como subproducto. La multimillonaria industria de la carne se beneficia de algo más que la carne de los animales: el cuero es un co-producto de la industria cárnica. Esto significa que comprar cuero contribuye directamente al sufrimiento de los animales en granjas industriales y mataderos. La gran mayoría de los animales sacrificados por su piel soportan todos los horrores de las granjas industriales, incluido el confinamiento intenso, mutilaciones dolorosas, privaciones y tratos crueles durante el transporte y sacrificio.
Al igual que no se puede identificar qué animal se usó para hacer una chaqueta o un sombrero, no se puede rastrear de dónde proviene ese cuero y, como resultado, cómo se trató al animal antes de ser sacrificado por su piel. Además, las pieles se mueven a través de las casas de subastas internacionales y se compran y distribuyen a fabricantes de todo el mundo, y los productos terminados a menudo se exportan. Incluso si la etiqueta de una prenda dice que fue fabricada en un país europeo, los animales probablemente fueron criados y sacrificados en otra parte, posiblemente en una granja en China, donde no hay sanciones por abusar de los animales.
Pero el sufrimiento animal no es el único efecto negativo de esta industria porque el proceso de curtido de cuero es increíblemente tóxico. La mayoría se curte con cromo, un carcinógeno que acaba contaminando los pulmones de los trabajadores y las aguas. Aunque podría curtirse con tintes vegetales no tóxicos, el cromo es más rápido y produce un cuero flexible que es mejor para hacer bolsos y abrigos de alta gama, lo que no es un aliciente para cambiar. El proceso también requiere grandes cantidades de energía, lo que lo hace terrible para el medio ambiente en general. Los artículos de cuero se fabrican de la manera más barata posible en partes del mundo donde el bienestar de los trabajadores no es una prioridad. En Pakistán, se estima que el 13 por ciento de los niños menores de 14 años trabaja, y de ese grupo, el 9,3 por ciento están empleados en la industria del curtido del cuero.
La alternativa existe. Hace ya tiempo que se fabricó un cuero “falso” que parece y tiene un tacto real. Hecho con cáñamo, algodón, fibras sintéticas o caucho reciclado, existen una gran cantidad de compañías especializadas en ropa y accesorios fabricados sin dañar a un solo animal. Si no quieres contribuir a la brutal industria del cuero, no tienes que hacerlo. Hay alternativas sin crueldad disponibles, tanto naturales como sintéticas. Al comprar cualquier producto, lee siempre la etiqueta y haz lo posible para apoyar a las empresas éticas que se preocupan por su impacto en el planeta. Puedes elegir.

Rocío Juan, activista.
Francisco Capacete, especialista en derecho animal


domingo, 7 de enero de 2018

El bárbaro sacrificio de sangre


Cierto es que la sangre es símbolo de vida, así como el color rojo. En muchas tumbas antiguas aparece el rojo como deseo de eterna vida al alma que ha salido del cuerpo yacente, por ejemplo, en la tumba del Señor de Palenque, cuyo sarcófago está pintado de rojo en su interior, un interior que además tiene forma de pez, queriendo expresar que el alma va a transitar a partir de la separación del cadáver por un mar diferente: el más allá donde seguirá disfrutando de la vida.

Igualmente cierto es que, siendo la sangre sinónimo de vida, no se la desperdicie, ni se derrame sin justa causa o fuerza mayor. Derrochar sangre es signo de barbarie, de ausencia de valores humanos, de decadencia civilizatoria. Una de las costumbres perversas que aparecieron en India a finales del siglo IV de la era común, fue la sati, el sacrificio de la viuda en la pira funeraria del marido fallecido. Fue una práctica minoritaria en aquel país que durante tantos milenios ha desarrollado una fuerte espiritualidad. Las ofrendas preferidas de las religiones de la India son las flores, los inciensos, la leche, la miel, productos todos de origen vegetal. Y en su milenaria civilización, el sacrificio de sangre, como la muerte ritual de humanos, era visto como algo perverso y contrario a la civilización. En las culturas aztecas encontramos otra oposición entre sacrificios de sangre y ofrendas. El dios Quetzalcoatl, posible héroe divinizado, prefería ofrendas de flores, mientras que los adoradores del dios Huitzilopochtli, le honraban con sacrificios humanos. En la mentalidad de aquellas impresionantes culturas, la Serpiente Emplumada representaba la civilización, la convivencia pacífica y la sabiduría. Huitzilopochtli representa la guerra que deviene de no haber sabido conservar la paz. Esa guerra se origina en la barbarie.

En los relatos homéricos encontramos sacrificios sangrientos elevados a los dioses por los señores de la guerra, como los holocaustos, que consistían en inmolar cien bueyes como agradecimiento a los dioses por haber vencido en una difícil contienda. ¿Quiénes podían ofrecer cien bueyes? Obviamente, los muy poderosos que hacían gala de su poder haciendo correr ríos de sangre, como tan explícitamente describe Homero. Esos mismos terratenientes llevaron al desastre a la Hélade de finales del segundo milenio antes de nuestra era. Hay un trasfondo de barbarie en las figuras de Agamenón, Aquiles o Áyax. Atrás había quedado la civilización minóica con todo su esplendor en la que los sacrificios de sangre eran la excepción a la regla. Contemplemos los frescos del Palacio de Cnossos en los que los jóvenes sacerdotes danzan con el toro en lugar de matarlo.

Otro ejemplo de barbarie y derramamiento de sangre lo tenemos en los pueblos llamados “bárbaros”. Según relata Julio César en su libro La guerra de las Galias, los galos realizaban diferentes tipos de sacrificios humanos, práctica que Roma trató de abolir. Sin embargo, ya se había iniciado la decadencia de la República y los sacrificios humanos aumentaron en el mundo romano con la lucha de gladiadores en el circo. Durante los muchos siglos que Roma fue fiel a sus valores civilizatorios los sacrificios de sangre fueron mínimos.

Volvamos al presente. Henos aquí en medio de una sociedad disfrazada de desarrollo cuando sufre esclerosis crónica, un endurecimiento de las posiciones que impide el verdadero desarrollo. Una sociedad en decadencia en la que entran, por las rendijas de la dejadez, costumbres bárbaras, como el derramamiento de sangre como sacrificio a los mitos modernos. La historia se repite. Un ejemplo de ello son los toros, pero no es el único. En las corridas de toros se sacrifican al dios del espectáculo o al dios tribal de la Fiesta, varios toros y, a veces, también toreros. Se derrama sangre a borbotones. Sangra el toro por el lomo y por las fauces. De sangre se llena el torero como si de un matarife recién terminado su trabajo se tratara. Al terminar su faena, si ha sido exitosa, el matador ofrenda al público las orejas y el rabo recién cortados al bravo, chorreando sangre. Esta costumbre o tradición es, según se comprueba históricamente, signo evidente de barbarie y pérdida de valores civilizados. Máxime cuando no se mata por necesidad, sino como puro y llano espectáculo. Se podrá vestir y disfrazar de cultura y fiesta, pero es y será una costumbre bárbara, un bárbaro sacrificio de sangre.

Por estas razones, la regulación de los espectáculos taurinos contenida en la Ley 9/2017, de 3 de agosto, de regulación de las corridas de toros y de protección de los animales en Illes Balears, conocida popularmente como ley de toros a la balear, me parece un acierto total. El espectáculo taurino se hace compatible con la protección animal, no hay muerte del toro, pero hay corrida y faena. Esta ley promueve civilización y frena la barbarie en su propio contexto. En una sociedad civilizada no se pueden matar animales para solaz y divertimento humano. Nos quejamos de que los jóvenes se dediquen a videojuegos sangrientos y tememos que estos juegos les lleven a perder de vista el valor de la vida humana. Pero los adultos nos complacemos en quitarle la vida a un animal sin más razón que pasar un “buen rato”. Una nueva muestra de la hipocresía de los adultos. Barbarie es perder de vista el valor de la vida por la repetición mecánica de prácticas sangrientas.

Hay quienes idenfican la tauromaquia con el ser español. Craso error. Es tanto como hacer una misma cosa el jamón serrano y la generosidad, virtud española por excelencia. Recordemos que en la bandera dos líneas rojas protegen una línea intermedia amarilla (gualda), como queriendo simbolizar que la vida protege la luz solar, la luz de esa conciencia que nos hace humanos, la civilización. Es la vida por duplicado, la que se recibe y la que se da caballerosamente una característica del ser español y no el derramamiento de sangre, por muy tradicional que sea.

Desearía que el Tribunal Constitucional cayera en la cuenta de que la Ley 9/2017 es una ley civilizadora y no la declare inconstitucional. Debería poder tener en cuenta estos argumentos que siendo meta-históricos, también son meta-jurídicos, y no son directamente aplicables a un procedimiento como el recurso de inconstitucionalidad, pero que son el fundamento de una sociedad civilizada y el Alto Tribunal no puede dejar de contemplar los principios fundamentales expresados en la Constitución Española, como el que cita el Preámbulo de la Carta Magna, ser una sociedad democrática avanzada.

Francisco Capacete
Abogado animal

martes, 26 de diciembre de 2017

La imaginación recobrada




Del reciente libro de Fernando Schwarz El ocultamiento de lo sagrado (Edit. NA, 2017), extraigo unas líneas que me han llamado poderosamente la atención. “En un mundo donde reina la confusión del reduccionismo positivista, la imaginación se convirtió rápidamente en sinónimo de [...] irrealidad, y fue considerada como “la loca de la lógica”. [...] hoy en día nos damos cuenta de hasta qué punto la disminución de la capacidad imaginativa vuelve al hombre mecánico, incapaz de regenerarse y de recargarse a sí mismo, siempre dependiente de estímulos exteriores”.
El reduccionismo positivista es un término filosófico que se refiere a la visión del mundo como proveniente de la materia y que finaliza con la materia. Se cree que aplicando las leyes que rigen la dimensión material a la vida humana se consigue el real progreso y la felicidad. Aunque el positivismo, como intento de explicación del mundo, ha fracasado estrepitosamente, la sociedad occidental se empeña en seguir adorando el fantasma divino del nihil sunt omnia. ¿Qué es la materia? Tiene más de vacío que de entidad real. Y, sin embargo, lo basamos todo en tener cosas, en comprar y desechar, en vender y generar riquezas ficticias que tan pronto como llegan se desvanecen. ¿No nos damos cuenta que todas las cosas son provisionales? El status, el dinero, los gobiernos, las amistades colaterales, la familia, la felicidad... ¿Por qué? Porque lo basamos en tener cosas. Así nació la “vida stándar” y se firmó la defunción de la imaginación para vivir.
Fracasó el reduccionismo en la educación. Una educación que se basaba en programar los cerebros para repetir los dogmas científicos, sociales y religiosos. En la que lo que se valoraba no era el saber, sino la capacidad de memorizar y pasar exámenes. Las escuelas generaban más autómatas que seres humanos despiertos. Y así nació la masa, ese órgano formado por cientos o miles de cuerpos que se mueven instintivamente, manejados por los poderes de turno. Desapareció la imaginación educacional. Si el positivismo es de mediados del siglo XIX, la masa aparece a principios del XX. Lo terrible del caso es que todavía los sistemas educativos siguen repitiendo ese criterio grabador/reproductor. No es de extrañar que siga fracasando y que cada vez haya más fracaso escolar y menos integración del amor por el saber en las almas de los jóvenes.
Nos hace falta más imaginación.
Imaginar es representarse la vida mediante símbolos. Un símbolo es la imagen sintética de una realidad interior y exterior. Por ejemplo, una antorcha representa llevar luz a un lugar oscuro, que puede ser una cueva o nuestra alma. Poner luz nos permite ver y conocer. Lo interesante de la imaginación simbólica es que cada individuo agrega y obtiene matices diferentes del mismo símbolo que le permiten extraer significados propios, personales y sumamente creativos. Por lo tanto, imaginar es crear desde el interior.
La imaginación destruye lo stándar, lo monótono, lo mecánico y aporta la alegría interior de la creatividad. Los humanos somos creativos por naturaleza y si desaparece de nuestras vidas el factor creativo nos desumanizamos, nos destruimos y, al final, nos desvaloramos, olvidamos amarnos quedándonos completamente vacíos. Pero con la imaginación hacemos de lo poco mucho, de los sentimientos tesoros, de los pequeños detalles universos de convivencia, de una cuartilla una misiva de amor o amistad, de un paseo un viaje interior, de una desgracia una escuela, de una escuela una universidad, de una universidad un mundo de sapiencia y virtud.
La imaginación es necesaria para aprender. Los niños aprenden si imaginan. La imaginación amplía las fronteras y favorece la convivencia, el respeto, la integración cultural, el hallazgo de soluciones y respuestas, así como el desarrollo del arte y la ciencia. Un niño que no pierde su capacidad imaginativa da paso a un adolescente que sueña un mundo mejor, quien a su vez dará nacimiento a un adulto con ideales, cuya responsabilidad le permitirá mejorar el mundo, es decir, su entorno.
La imaginación permite ir más allá de lo establecido, romper cadenas y derrocar dogmas, malear todo status quo y derrumbar murallas. La imaginación es revolucionaria. Precisamente, vivimos tiempos pre-revolucionarios. Se está fraguando un cambio profundo, un cambio de valores y de marco social. Sin imaginación el cambio es violencia. Con imaginación el cambio es desarrollo y progreso pacífico.
Por todo ello, pedimos ¡más imaginación!
Francisco Capacete González
Filósofo

lunes, 25 de septiembre de 2017

Los camiones kamikazes




En los últimos tres años, el terrorismo de corte yihadista ha golpeado con especial énfasis a los países occidentales. Recordemos que en el año 2015 dos terroristas irrumpieron en el edificio donde se encuentra la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo y abrieron fuego contra los trabajadores. Ese mismo año, también en París, un grupo de desconocidos abrió fuego en un restaurante del X distrito de la ciudad, momentos después, un tiroteo se produjo en la sala de conciertos Bataclan. Simultáneamente, se produjeron tres explosiones cerca del Estadio de Francia donde se disputaba un amistoso Francia-Alemania. En diciembre, un matrimonio musulmán provoca una masacre en San Bernardino, California, en una residencia para discapacitados. En 2016, atentado en el aeropuerto de Bruselas, otro en Niza producido por un camión de gran tonelaje, otro en Berlín con el mismo método. Y en 2017, los camiones kamikazes provocan atentados en Jerusalén, Londres, Estocolmo y Barcelona.
¿Quién está detrás de estos atentados? ¿Son simples fundamentalistas o grupos organizados, bien financiados, adiestrados y adoctrinados? Podríamos pensar que los servicios de inteligencia de todas las potencias están detrás de algún que otro atentado, pero serían simples conjeturas, eso sí, no carentes de cierta verosimilitud. Porque para los estados es más importante la macroeconomía, que la vida. Así lo han demostrado demasiadas veces a lo largo de los últimos siglos.
Según los datos de los servicios de inteligencia, actualmente operan varias organizaciones terroristas que presentan el yihadismo como un componente ideológico importante. Hizbollah, Hamas, Al Qaeda, Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, Grupo Islámico Combatiente Marroquí, Yihad Islámica Al Qaeda en la península arábiga, Al Qaeda en la tierra de los dos ríos, Ansar Al-Sunah. Y el último grupo en crearse es el ISIS o DAESH, liderado primero por Al Zarqawi y, tras su ejecución por Abu Omar Al-Bagdadi.
Todos estos grupos terroristas han surgido en un país que ha sufrido la colonización, el protectorado o directamente la invasión de estados que han participado activamente en la Guerra Fría. Ésta finaliza formalmente con el idilio Reagan/Gorvachov en la década de los ochenta. Rusia, EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Italia, España y Alemania, a los que hay que sumar la cada vez más influyente China, apoyaron y apoyan a las oligarquías que gobernaron en la zona con mano de hierro. En Argelia a la dictadura militar, en Libia a Muammar Al-Gadafi, en Egipto a Nasser y después a Mubarak, en Irak a Sadam Hussein, en Siria a Hafed Al-Aasad y después a su hijo heredero Bashar. Estos dictadores se habían formado en las metrópolis europeas y quisieron modernizar sus países apartando a la religión e introduciendo costumbres y modos occidentales bajo férreo control policial y militar, de tal manera que en las grandes ciudades y en el seno de las clases medias la religión llegó a ocupar un lugar muy secundario.
Pero las élites se olvidaron de los sectores más humildes y desprotegidos de la sociedad. La corrupción creció hasta límites insospechados. Los clérigos musulmanes comenzaron a construir escuelas islámicas y a dar de comer a los hambrientos que eran la inmensa mayoría del país, un país rural ajeno a las modernidades de Occidente. Ante esa coyuntura, el discurso de muchos sacerdotes musulmanes –sobre todo los pertenecientes al grupo religioso los Hermanos Musulmanes- se fue radicalizando. Su discurso político es que Occidente es el enemigo, ha destruido sus costumbres, se lleva sus riquezas y mata mujeres y niños desde aviones que ni siquiera alcanzan a ver. La Guerra Santa abría, de ese modo, un doble camino, por un lado, se podría devolver parte del daño a los causantes, por otro, convertida la vida terrenal en un valle de lágrimas, cabía la posibilidad para los más valientes guerreros de pasar al Paraíso mediante el heroísmo y la inmolación. Este discurso ha sido la principal motivación de los miles de jóvenes que se han ido uniendo a los grupos terroristas.
Por otro lado, muchos soldados del oriente medio que sirvieron en las guerras y guerrillas patrocinadas por la Unión Soviética y los EE.UU., se quedaron sin trabajo al retirarse la URSS de Afganistán. Muchos fueron contratados por los grupos terroristas que surgieron en los ochenta para formar y actuar. Estos veteranos formaron a la nueva generación y les enseñaron cómo jugar con y engañar a las grandes potencias. La invasión de Iraq y Afganistán por parte de los EE.UU. fueron un auténtico fracaso que dejó, sin embargo, dos países destruidos y traumatizados.
Los movimientos de las grandes potencias occidentales en el tablero de la política internacional, ha generado unos efectos que no sospecharon y que han ido estallando en forma de terrorismo que asola la propia zona de Oriente Medio y, desde el 11 de septiembre de 2001, también a aquellos países que no querían tener problemas en casa y por esta razón organizaban guerras en otras partes del mundo. El tiro les ha salido por la culata.
Si buscamos las auténticas causas del terrorismo yihadista, tenemos que irnos varios siglos atrás y descubrir que una visión de la vida mercantilista, economicista y materialista está detrás de esta lacra y muchas otras, como el hambre en el mundo, las enormes bolsas de pobreza y miseria y las constantes guerras y persecuciones de pueblos y minorías étnicas y religiosas. La colonización y el neocolonialismo son páginas de nuestra historia que nunca debían haberse tolerado. Ningún país tiene legitimidad ni derecho de saquear a otro país. El día que se comprenda el daño efectuado por las ansias de enriquecimiento de todos los países de economías importantes, comenzará el principio del fin de los obstáculos que impiden la paz.
En realidad, no nos enfrentamos a una amenaza yihadista global, estamos enfrentando una amenaza mercantilista global. Escribió Antoni Segura en su libro “Señores y vasallos del siglo XXI” que “El falso debate sobre la incompatibilidad entre islam y democracia oculta, en realidad, el verdadero trasfondo político, económico y social de la mayoría de los conflictos”.

Francisco Capacete

Filósofo y abogado

domingo, 23 de julio de 2017

Una ciudad necesita ciudadanos



La ciudad es lo contrario de la caverna. Así como en las cavernas se vivía una realidad mágica e intimista reservada a los chamanes iniciados, en la ciudad se exterioriza todo el potencial civilizatorio del ser humano, se construye un ámbito social regulado donde vivir de acuerdo al ideal de la convivencia. La caverna fue un lugar donde conectar con el “yo” espiritual. La ciudad es un locus para el “yo” terrenal. En las cavernas el hombre se perdía en el mundo insondable de los espíritus, mientras que en la ciudad los hombres se encuentran con sus semejantes.

La historia de las ciudades tiene más de 10.000 años. En la Anatolia central se han hallado los restos arqueológicos de las ciudades más antiguas. Ciudades construyeron también los antiguos americanos en medio de las selvas y en África en el curso de río Zambeze. Pero, nuestra idea de ciudad viene de los griegos y los romanos. La Grecia Clásica pensó que los hombres debían vivir en la tierra según el modelo del logos tal y como se expresaba en el kosmos. Así nació la polis. La ciudad griega tomaba como modelo la armonía de los cielos. Debía regirse por el conocimiento de la naturaleza y ser gobernada por los sabios. Aunque ni la esplendorosa Atenas logró plasmar al cien por cien el modelo ideal, los griegos nos legaron ideas políticas que no han sido superadas en dos mil quinientos años. Una de esas ideas era que el ciudadano debía cumplir un papel protagonista principal en la conducción de la ciudad. Además del gobernante, el ciudadano debía participar activamente en los asuntos públicos que afectaban a todos, todos los días.

Los romanos, mucho más prácticos, pero menos filosóficos que los griegos, nos legaron el plan general urbanístico, el cómo hacer una ciudad racional y saludable. Para ellos también jugaba el ciudadano un papel de primer orden en la política cotidiana. Los pater familias, así como el resto de ciudadanos de la Plebe a través de sus tribunos, participaban activamente en las decisiones que afectaban a la ciudad.

La Revolución Francesa, más modernamente, recogió el ideal grecorromano y propuso la figura del ciudadano como pieza clave en el desarrollo de las sociedades hacia la libertad, la igualdad y la fraternidad. Claro que, tras unos siglos de monarquías ociosas e irresponsables, todo estaba por hacer en aquella Francia prenapoleónica. Y hoy, ¿no sigue estando todo por hacer?

Vivimos la crisis de la ciudad. Las ciudades se han vuelto inhumanas, están sucias, con grandes desigualdades, falta de infraestructuras para todos, deficiente transporte público, burocracia asfixiante, paro, saturación de hospitales y juzgados, centros escolares sin calefacción o aire acondicionado, etc. En Palma, además se añaden los problemas de la vivienda, la saturación turística y un trazado viario medieval. Desde todas las direcciones se oyen quejas, todos levantamos la voz para señalar los problemas que nos encontramos en nuestra ciudad y todos les exigimos a los políticos y gobernantes que solucionen todos esos problemas. Pareciera que creemos que los gobernantes son como el dios hebreo: omnipotente. Sin embargo, me pesa decirlo, ni los políticos ni los gobernantes pueden solucionar todos los problemas.

Pongamos un ejemplo. La recogida de los residuos sólidos urbanos. El ayuntamiento habilita contenedores en casi todas las calles, papeleras en los parques y aceras, servicio de recogida, etc. Además, aprueba unas ordenanzas en las que se sanciona el depósito de las basuras fuera de los lugares habilitados, así como otras conductas como arrojar escombros descontroladamente. ¿Cuántas personas incumplen lo ordenado por las ordenanzas y ensucian la ciudad? Miles. Por mucho que limpien los servicios municipales, mientras sigamos ensuciando de manera insensata, la ciudad seguirá estando sucia. ¿Qué puede hacer el ayuntamiento frente a las conductas incívicas? Muy poco.
¿Por qué se encarecen los alquileres, cuyo caso paradigmático es la ciudad de Ibiza? ¿Por culpa de los turistas? Obviamente, no. La culpa la tienen aquellas personas que ansían lucrarse con sus propiedades. ¿Qué puede hacer el gobierno frente a esto? Muy poco, porque no puede frenar las tiránicas leyes del Mercado, ni saltarse la defensa de la propiedad privada como un derecho fundamental constitucional.

Entonces, ¿qué podemos hacer para tener una ciudad en condiciones? Rescatar la idea del ciudadano. Fomentar los valores de consciencia pública, responsabilidad y participación activa como bastiones de un civismo civilizado. Somos todos y cada uno de los que vivimos en la ciudad los responsables de cómo está. No podemos evadir esa responsabilidad cargándola a las espaldas de los gobernantes, porque ellos no son como el dios hebreo que ve lo que hace el hombre a todas horas. No. Pero cada uno de nosotros sí que ve lo que hace en cualquier momento y ahí entra el valor o atributo de la conciencia pública. Conciencia de lo público es tener presente que la ciudad es de todos y que es tan valiosa como nuestras casas particulares. La calle es de todos quiere decir que es responsabilidad de todos. Las plazas públicas son responsabilidad de todos, forman parte de la casa común: la ciudad.
Paradójicamente, hemos regresado a las cavernas que son nuestras casas, en este caso no para perdernos en la inmensidad de lo insondable, sino para evadirnos del trabajo común, de la res publica. Acurrucados en las modernas cavernas, adorando al espejo de ilusiones de la televisión o de la internet, nos vamos –permítaseme la expresión- primitizando, perdiendo una parte importante de nuestra esencia humana que es lo social.

¡Salgamos –como aconsejaba el divino Platón- de las cavernas y pongámonos manos a la obra colectiva que es nuestra ciudad! Nadie puede hacerlo ni por ti ni por mí. Volvamos a ser ciudadanos de plenos derechos y dignos deberes.

Francisco Capacete

Abogado y filósofo