miércoles, 10 de mayo de 2017

La soportable levedad del ser

Cuando Kundera escribió la novela La insoportable levedad del ser, en 1984, expresó la angustia y el dolor del ser humano ante una vida leve, sin peso, sin esencia y sin raíces, sin alma. Todos los personajes, excepto la mascota de Tomás y Teresa, viven experiencias provisionales sin expectativas que reflejan un insoportable estado de nadidad. El ser se reduce al ir/existiendo. La vida renuncia a la conquista, al ir más allá, a la búsqueda de su propio interior. La novela del escritor checo fue un éxito de ventas y de lecturas, llevándose al cine en 1988. La década de los ochenta fue prolífica en temática existencial porque el sueño de la modernidad había fracasado, la construcción de un mundo en el que todos seríamos iguales pereció con la demolición de los edificios Pruitt- Igoe en 1972. Y al despertar de ese profundo sueño, la sociedad de aquella década se preguntó “¿dónde estamos?, ¿quiénes somos?”.
Los ochenta fueron sepultados por los noventa y la aparición de las nuevas tecnologías. Los “felices años noventa” produjeron un efecto euforia en muchos sectores de la sociedad. El sector de la construcción comió y engordó. La ciencia biológica se creyó la dueña del mundo de la mano de la genética. Los Aliados desafiaron al mundo con sus súper ejércitos manipulados por súper ordenadores. Los partidos políticos se dedicaron a montar campañas fastuosas, casi versallescas, con tremendos efectos especiales. Todo era excelente, paradisíaco, hasta los bancos regalaban hipotecas para celebrar el advenimiento de la Era Perfecta. La temática existencialista casi desapareció de escena. Los filósofos dejaron de hablar del ser porque el existir no necesitaba de metafísicas ni ontologías. El yuppie no quería calentarse la cabeza mientras saboreaba la vida. Fabricamos una nueva quimera, un nuevo sueño de felicidad constante, en el que la ciencia podía explicarlo todo y arreglar todo lo que se estropeara.
Como ocurre en las familias de alta alcurnia que llegan a la ruina financiera, en las que todos sus miembros lo saben pero ninguno se atreve a hablar de ello en la mesa para no malograr los excelentes manjares, así vivimos en la primera década del nuevo milenio, con bienestares y felicidades, móviles, eurovisiones y promesas en forma de primer presidente negro de EE.UU., pero sin hablar del tema no resuelto de la existencia, del por qué vivimos y del para qué.
Todos somos conscientes del terrible agujero financiero que atraviesan la mayoría de estados, entre ellos el nuestro. Sabemos que la falta de una educación en valores cívicos y humanos hace insostenible las ciudades. Los expertos alertan sobre el cambio climático y sus consecuencias que ya están ad portas. Las enfermedades raras, las que no tienen curación y las epidemias amenazan la salud mundial. Y, además de todo ello –por si no tuviéramos poco-, permanece en la carpeta de cola de impresión esperando su turno el tema de la existencia. Cuestión crucial e importante, porque no sabiendo quiénes somos tampoco podemos encontrar el tipo de vida que nos conviene realmente. Muchos filósofos y científicos han reflexionado sobre las consecuencias de la ignorancia suprema, del quién soy, y las consecuencias son precisamente esas que he mencionado hace unas líneas.
¿Qué solución hemos elegido? ¿Conocer nuestro ser? No. Hemos elegido hacer soportable la levedad del ser. Para logar soportar el vacío interior que cada vez es más grande, hemos magnificado la diversión, llevado al extremo el deporte, histrionizado la publicidad, exagerado los premios y sorteos, intensificado los efectos de las drogas, priorizado la ganancia, maximizado el beneficio a corto plazo, entronizado la mentira alagadora. Nos hemos rodeado de efectos especiales increíbles para que su fulgor y volumen de sonido tape la pequeña voz interior de nuestra alma. Y ¡cómo no!, hemos desterrado la filosofía de los planes de estudio para que no nos moleste. Esta ha sido nuestra elección.  Así nos hemos convencido de que no hace falta saber quiénes somos para estar bien. Y si de vez en cuando nos llega algún rumor proveniente del ser que nos trastoque el bienestar, siempre tenemos a nuestro alcance los miles de falsos terapeutas que harán todo lo posible para llevarnos por la senda de la inteligencia emocional para liberarnos de la inteligencia del ser.
Conviene llamar la atención sobre la insoportable soportable situación actual. Es apenas un espejismo. Si volvemos a la filosofía a la manera clásica, a esa forma de vida profunda, que busca el contacto con el ser para vivir mejor, despejaremos los espejismos peligrosos y cada uno, en su individualidad, en su genuinidad, abandonará el mundo de lo soportable para llegar al reino de la realización.

Francisco Capacete
Filósofo y abogado

Director de Es Racó de ses Idees

domingo, 23 de abril de 2017

¿Puedo jugar con vosotros?

Desde hace muchos años vengo llamando la atención sobre el error fundamental de la teoría darwiniana y su vástago, la teoría neodarwiniana, que supone considerar la competencia un factor clave de la evolución. Y no es difícil demostrarlo porque en la naturaleza encontramos muchos más casos de colaboración que de competencia. Es claro que las imágenes de machos mamíferos luchando entre ellos en la época de celo son muy ilustrativas y casi demoledoras de cualquier otro intento de explicación. No obstante, son casos aislados comparados con los otros millones de especies que no compiten, sino que colaboran y sobreviven.
Hace pocos días, mientras jugaba con unos amigos a voleibol en el Parc de Sa Riera, se nos acercaron dos jóvenes de unos doce o trece años de edad y uno de ellos nos preguntó: “¿puedo jugar con vosotros?”. Nos alegró mucho compartir el entrenamiento con él. Rápidamente se integró en el grupo y ejecutamos jugadas francamente buenas. Al cabo de unos quince minutos volvimos a escuchar: “¿puedo jugar con vosotros yo también?”. Era el otro jovencito –el más tímido- que, habiéndose cerciorado del buen clima que había en la pista y venciendo la traba de la vergüenza, se moría de ganas de participar del juego. Les explicamos que en el deporte, como en la vida, no se trata de competir, sino de colaborar para alcanzar la excelencia (la aretḗ de los griegos); que si cada uno comparte lo mejor de sí mismo con los demás, todos salimos ganando y que el resultado más válido del partido es disfrutar de ser un equipo y no la victoria de unos sobre otros.
Nos escuchaban con los ojos entornados como cuando la luz es demasiado intensa, como si lo que oían fuera un espejismo. Nunca nadie les había hablado así del deporte ni de la vida. Y aunque el pasmo interior no les dejó dar las gracias, sé que volvieron a casa con un sentimiento de agradecimiento profundo y verdadero. ¡Qué alegría escuchar de unas personas mayores palabras tales! Así confirmábase para ellos lo que es duda para tantos jóvenes: no es necesario competir con los demás para vivir bien. ¡Cuántos jóvenes se sienten frustrados ante el adocenado futuro que les promete la sociedad actual! Un futuro distópico, sangriento y cruel, apocalíptico, en la que unos zombis saltan sobre otros zombis para chuparles la sangre. ¿Acaso no es esta la imagen más clara de las consecuencias de la salvaje competencia en el mercado laboral entre seres humanos que, más que personas, parecen muertos vivientes? No es de extrañar que los adolescentes se distancien y no quieran saber nada de ese plan que los mayores les proponen. Es comprensible que busquen evadirse de tan nefasto plan con el alcohol, los juegos virtuales o la crueldad.

Afortunadamente, las nuevas generaciones quieren construir un mundo mejor porque el presente no les basta. Sienten en su corazón que las relaciones humanas deben ser más naturales y los nuevos descubrimientos que permiten una mejor comprensión de las leyes de la naturaleza les confirman que su deseo no es locura, sino clara intuición. En la naturaleza no hay izquierdas ni derechas, ni buenos ni malos, ni privilegiados ni desheredados, hay cooperación de todos con todos. No hay pérdidas ni ganancias, ni victorias ni fracasos, hay evolución sincronizada, destino creativo en el que incluso los antepasados arriman el hombro para bien de todos.
Francisco Capacete
Filósofo y abogado

jueves, 20 de abril de 2017

Cómo se fabrica una mentira

La Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) ha hecho público el Informe sobre la VIII encuesta de la percepción social de la ciencia y la tecnología, llevada a cabo entre el 20 de octubre y el 10 de diciembre del 2016. Esta encuesta ha recogido las sensaciones que algunos sectores de la población tienen sobre algunos aspectos relacionados con la ciencia y la tecnología. Han contestado más de seis mil personas a una serie de preguntas relacionadas con su percepción subjetiva y personal.
Me llama poderosamente la atención que uno de los apartados de la encuesta verse sobre una serie de temas tan diferentes entre sí como la suerte, el horóscopo, los curanderos, la acupuntura, la homeopatía y los fenómenos paranormales, y que se agrupen bajo la rúbrica de “pseudociencias”. ¿Qué tienen que ver métodos médicos de probada eficacia como la acupuntura y la homeopatía con los números de la suerte? Es como meter en un mismo saco El Quijote, una sandía, un sextante, un ratón y una tarjeta de crédito y etiquetarlo con el nombre de “pseudocosas”. Esta metedura de pata que podría hacernos suponer que los redactores de la encuesta han cometido una falta de cultura general, me indica que hay gato encerrado. Con esta encuesta se ha fabricado, intencionalmente, una mentira.
Veamos cómo ha sido la cosa. La encuesta realizada tiene una intención clara de menoscabar a métodos alternativos a los fármacos como son la homeopatía y la acupuntura. Pero como estas disciplinas médicas son métodos de comprobadísima eficacia –y muchos médicos lo saben- para hundir su imagen se las coloca al lado de los números de la suerte, los curanderos y los horóscopos. Aquí ya tenemos la primera manipulación de la opinión pública. La homeopatía se desarrolló en Alemania hace más de 200 años y se ha aplicado con un tanto por ciento muy elevado de éxito en muchísimos países. En los estados de Arizona, Connecticut y Nevada, los profesionales médicos pueden obtener licencia para practicar la homeopatía, estando reconocida como medicina alternativa. Como método médico se fundamenta en el principio de correspondencia, en las propiedades relacionantes de los biofotones descubiertos por el profesor Fritz-Albert Popp, en la Teoría del Campo desarrollada a la luz de la Teoría de la Relatividad y la Física Cuántica y a las propiedades curativas de los elementos minerales y vegetales que todas las tradiciones del mundo han descubierto. Por otro lado, la acupuntura es uno de los métodos curativos y paliativos más antiguos de la medicina, usado desde hace como mínimo tres mil años en toda Asia. En China hay facultades de medicina dedicadas a la acupuntura. Cientos de miles de pacientes tratados con esta técnica han visto curadas sus dolencias. La Biblioteca Nacional de Medicina de los EE.UU. incluye la acupuntura en las medicinas alternativas para paliar el dolor, reconociendo su eficacia como alternativa al consumo constante de fármacos analgésicos. Por lo tanto, la acupuntura tampoco es una pseudociencia. ¿Por qué en el informe y en la encuesta se las trata de ese modo?
Curiosamente, son miembros del Consejo Científico y Tecnológico de la FECYT las empresas Merck Sharp & Dohme (MSD) y Laboratorios Farmacéuticos ROVI. Por supuesto que a estas poderosas empresas farmacéuticas no les interesa ningún tipo de métodos que curen sin fármacos, porque entonces venderían menos y obtendrían menos beneficios. Estoy completamente seguro que su interés ha presionado para que en la encuesta y en el informe se hayan incluido la homeopatía y la acupuntura en el apartado de pseudociencias para influir en la opinión pública de manera negativa. Recordemos que varios investigadores han alertado sobre las mentiras del negocio de las farmacéuticas y cómo muchísimos medicamente quitan más salud de la que dan.
La encuesta no solo recoge la percepción de un tanto por ciento de la población -seis mil de cuarenta millones-, también persigue generar opinión. Esta es la segunda fase de la fabricación de una mentira. Y aquí es donde entran los medios de comunicación. Los diarios han publicados informaciones como esta: “Los españoles no creen en horóscopos, fenómenos paranormales ni en curanderos, pero sí confían en otras pseudociencias como la acupuntura o la homeopatía. La encuesta del Gobierno que periódicamente pulsa el nivel de conocimiento científico de los ciudadanos revela un dato preocupante: más de la mitad confía «mucho», «bastante» o «algo» en la homeopatía y la acupuntura, pese a que ninguna de estas disciplinas ha demostrado su eficacia desde un punto de vista científico”. Esta información es doblemente falsa. En primer lugar, el dato no es preocupante. Ninguno de los encuestados ha dicho eso. Son más preocupantes, según la encuesta, la energía nuclear o la clonación. Es más, el informe dedica al tema de las pseudociencias 20 de las 417 páginas que tiene.  En segundo lugar, estas dos disciplinas sí que han demostrado su eficacia y su base científica.
Y ya tenemos creada una mentira. Ven qué fácil. Los ingredientes básicos son una institución financiada por intereses mercantiles, una encuesta con preguntas que contienen en sí las respuestas deseadas y unos medios de comunicación sensacionalistas o alarmistas.
Cuando leo este tipo de noticias tergiversadas me apeno profundamente. No puedo dejar de sentir que se trata a los ciudadanos como a niños a quienes hay que asustar con brujos y lobos para que no sean rebeldes y se coman la sopa. ¡Mucho cuidado con la homeopatía, la acupuntura, la astrología, el yoga, la hipnosis, el magnetismo o mesmerismo, la quiropráctica, etc.! ¡No creáis en estas pseudociencias porque os pueden hacer mucho daño! ¡Creed en la moderna ciencia que ha matado a millones de personas con las bombas químicas, que controla nuestra privacidad con los satélites espías, que envenena los mares con los residuos nucleares, que nos meten en el cuerpo sustancias letales bajo la promesa de una curación inmediata, que nos robotiza con los dispositivos electrónicos, etc.!

El problema no está en unas ciencias u otras. El problema está en el uso que se haga de ellas. Y a día de hoy, se ha abusado mucho más de las llamadas ciencias que de las ciencias alternativas.
Francisco Capacete
Abogado y filósofo

viernes, 10 de marzo de 2017

SIN RUMBO

Una de las más funestas sensaciones que tenemos los ciudadanos es que esta sociedad marcha sin rumbo. Muchos filósofos han comparado la ciudad o la sociedad con un barco que surca el mar de la vida. Este es uno de los significados de la nave de Odiseo. El héroe es el prototipo del gobernante, la tripulación es el pueblo y la odisea es el camino o ruta que debe seguir la sociedad para arribar a Ítaca, es decir, a la realización colectiva o civilización. Actualmente, nos hallamos perdidos en el océano de las circunstancias. No sabemos hacia dónde debemos ir, qué rumbo tomar y ni siquiera si existe un rumbo acertado.
Esta sensación de desorientación no es una valoración subjetiva. Es la percepción interior de una serie de hechos objetivos. Describiremos algunos y muchos otros los omitiremos para no alargar en demasía este artículo de opinión. Comenzaremos por las religiones. Cada vez hablan menos del alma y de dios y más de otras cuestiones periféricas a la religión. La Sangha –iglesia- budista prácticamente no habla de la divinidad y presta más atención a la meditación, a la felicidad y al bienestar interior. Hace poco escuché decir a un conocido que se profesa budista que le gusta esta religión porque en ella no hay dioses. Seguramente, ninguno de los sacerdotes con los que tomó contacto le habló del Addi Budha o del Avalokiteshvara, divinidades importantísimas del panteón budista. La Iglesia Católica cambia de parecer respecto a temas teológicos en cada concilio. Sus sacerdotes y dirigentes publican opiniones sobre la inferioridad de la mujer respecto del hombre, sobre la homosexualidad como enfermedad o sobre la traición que supone no marcar la casilla respectiva en la declaración de la renta, mientras los creyentes les preguntan cómo pueden conocer a dios y llegar a él, sin obtener respuestas convincentes.
 En el ámbito de la ciencia la desorientación es, asimismo, enorme. El último siglo ha sido el más fértil en inventos y desarrollo de la tecnología de la historia. Ha sido tal el frenesí y la ansiedad en la carrera de la superación de los límites de la técnica y del conocimiento que se ha perdido la referencia moral necesaria para no aniquilarnos usando los aportes de la ciencia. Parecía que el uso de la bomba atómica en Nagasaki e Hiroshima por parte de los EE.UU., en agosto del 1945, había sido una llamada de atención para blindar el uso de la tecnología con unos valores éticos universales. De hecho, tres años más tarde se aprobaría por la Asamblea de Naciones Unidas la Declaración de los Derechos del Hombre. Pero no fue suficiente y a día de hoy la producción científica está a merced de grandes multinacionales que la usan sin ningún tipo de control ético. Por ejemplo, la industria farmacéutica dedica billones de dólares a producir fármacos que no curen del todo y usa en la experimentación millones de animales tratados como carne de cañón. Desorientados están los científicos y divididos en cuanto a si la ciencia debe tener límites éticos o no.
Leemos a menudo declaraciones de artistas en las que expresan su desorientación en clave de búsqueda de nuevas técnicas de expresión. Se buscan nuevos conceptos, nuevas tendencias creativas, se prueba con una cosa y con su contraria, se exploran los extremos de lo concebible y permitido, los tabúes y los instintos psicológicos, de tal manera que se entra en el terreno de lo histriónico, lo injurioso, atentando contra la dignidad del público. Obviamente que hay artistas y obras de arte maravillosas, tanto en épocas pasadas como en la actual. Pero la falta de rumbo en el arte produce regularmente subproductos artísticos que son una verdadera tomadura de pelo. A veces al artista se cree por encima del bien y del mal porque es artista y cree que se le debe permitir todo en aras de la libertad de creación. ¿Hay que poner límites éticos a los artistas o se les debe permitir cualquier tipo de expresión con cualquier contenido? No sabemos muy bien que responder porque no conocemos el rumbo que debería seguir el arte, como tampoco sabemos qué es el arte.
Y, por último, tocaremos la falta de rumbo en la política. ¿Cómo podemos demostrar objetivamente que en la política nadie sabe hacia dónde ir? Es fácil, sólo tenemos que repasar los temas que todos los partidos han puesto sobre la mesa en sus respectivos congresos de los últimos 5, 10 y 20 años. Son totalmente diferentes. Nadie sigue una línea definida. La falta de rumbo ha provocado que en todos los congresos o asambleas se hayan producido profundas disensiones y rupturas. Se han dado casos de transformismo ideológico, como el que se ha producido en todo el arco de la izquierda. En el otro extremo, en la derecha, la corrupción se ha desvelado institucional y crónica. No obstante los abundantes casos de engaño a los ciudadanos por parte de las formaciones políticas, todavía no se ha aprobado por el Congreso una ley estatal para regular la actividad política, estableciendo las infracciones y sanciones correspondientes, así como sí se ha aprobado una ley del voluntariado, otra ley del funcionariado o de la función pública, otra de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, entre muchas otras. ¿Deben establecerse límites éticos y jurídicos a la actividad política? Y, ¿quién debe establecerlos, los mismos políticos o los ciudadanos?
En una sociedad adoradora del credo de la competencia como es la nuestra, en una nave cuya tripulación y capitanes se enzarzan en disputas continuas, estalla la violencia porque nadie sabe hacia dónde nos dirigimos, cuáles son las finalidades de la vida en sociedad y cada uno ve en el otro a su contrario. ¿Acaso no es un subproducto de esta sociedad esa persona que arremete indiscriminadamente con una escopeta o un hacha contra la gente que pasea pacíficamente por su ciudad?
¿Cómo podemos recuperar el rumbo? ¿Dónde podemos encontrar fines y principios que orienten nuestra vida en sociedad? En la filosofía. Necesitamos, más que nunca, conocer la naturaleza del individuo y de la sociedad, investigar quiénes somos y quiénes queremos ser. Necesitamos saber si la concordia es más natural que la competencia, si la ética es más importante que el beneficio crematístico, si el ser humano es materia y energía o, además, conciencia y destino.
Termino con unas palabras del profesor Jorge A. Livraga que reflejan este ideal de la filosofía. “¡Qué hermoso sería que todos los seres humanos entendiesen que es imposible perforar la oscuridad de nuestros tiempos, sus mentiras o mitos, con el bastón de la violencia, y recurriesen a encender la lámpara de la sabiduría para poder reconocerse los unos a los otros, tal como somos…!”

Francisco Capacete González

Filósofo y abogado

sábado, 4 de febrero de 2017

Sector eléctrico: un lobo disfrazado de cordero

Pocos sectores están tan regulados como el eléctrico. La normativa que regula este sector es de las más complicadas y técnicas que existen en nuestro país. Ningún ciudadano puede comprender estas disposiciones, a menos que sea un experto ingeniero y abogado. Es imposible averiguar de antemano qué derechos y deberes tenemos cuando contratamos el suministro eléctrico para nuestros hogares y lugares de trabajo. Si la factura de la luz es tan difícil de entender es porque la ley así lo establece y la ley es, asimismo, difícil de entender. Veamos si podemos poner un poco de “luz” en tan enrevesado tema, aunque este sea un propósito quijotesco.
La ley principal que regula el sector eléctrico es la Ley 24/2013, de 26 de diciembre. Curiosamente, en el artículo 1 se establece que “La presente ley tiene (...) la finalidad de garantizar el suministro de energía eléctrica, y de adecuarlo a las necesidades de los consumidores en términos de (...) mínimo coste.” ¡Oh, qué bien suena! La ley asegura que tendremos electricidad al mínimo coste. Pero, ¿cómo lo consigue? Con el Real Decreto 2019/1997, de 26 de diciembre, por el que se organiza y regula el mercado de producción de energía eléctrica. ¡Muy bien! Y, ¿qué establece esta norma? Entre otras cosas, dice que “el precio se fijará mediante un proceso de casación de ofertas en el mercado diario de producción”. ¡Vaya, ya empezamos con los tecnicismos! Más o menos, lo que se establece es que las empresas presentan ofertas de contratación de suministro eléctrico y en función de las ofertas se establece el precio. La cosa es como en una lonja de pescado. Sigamos que lo bueno viene ahora. “Las sesiones de contratación del mercado diario se estructuran en períodos de programación equivalentes a una hora natural, considerando como horizonte de programación los 24 períodos de programación consecutivos”. ¡Más claro imposible! ¡Hasta un niño de meses lo comprendería perfectamente!
Pero, ¿cuál es el precio que finalmente me van a cobrar por la luz? Dependerá del precio al que lo compre la distribuidora y este precio se fija según el procedimiento que establece el artículo 23. Dice así: “A efectos de la liquidación del mercado diario e intradiario, el precio de la energía eléctrica a pagar por el comprador y a percibir por el vendedor incorporará el precio obtenido de la casación de las ofertas y demandas en el mercado diario y el precio obtenido de la casación en el mercado intradiario” ¡Bon Jesús, ni el monstruo Coco de Barrio Sésamo se explicaba con tanta sencillez! ¡Vamos, que como no hagas un máster en sinónimos y antónimos estás más perdido “que un torero al otro lado del telón de acero”, parafraseando al Sabina.
Vamos a hacer un esquema para poder comprender todo esto. Tenemos un mercado en el que se presentan vendedores y compradores de electricidad. Por supuesto que no podemos ser ni usted ni yo. Sólo las grandes empresas pueden acceder a esta “lonja del electrón”. Los productores de electricidad suben y bajan el precio de venta en función de la demanda. Si hace mucho frío o mucho calor y se les va a comprar mucha electricidad suben el precio. Y si la previsión es de poca demanda no lo bajan, porque comprar les tenemos que comprar. El consumo eléctrico está asegurado y es casi imposible que se reduzca. Por esta razón, el precio de la luz casi nunca baja.
Y estos productores/vendedores de la luz ¿pueden establecer el precio que les de la gana? Por supuesto que sí. Porque fijen el precio que fijen les vamos a comprar. Algún economista liberal me objetará que el precio lo regula el mercado mediante la ley de la oferta y la demanda. Yo no me lo creo. Primero porque esta ley sólo funciona en una sociedad ideal, donde los vendedores y compradores no engañen. Segundo, porque cuando los productores, los vendedores y los suministradores conforman un mismo grupo empresarial, tenemos un monopolio disfrazado. Y esto es lo que tenemos en España, un lobo feroz disfrazado de cordero.
Y, además, las leyes no les han puesto ningún límite. ¿Por qué? Porque los consejeros-delegados de las compañías eléctricas son exministros, exconcejales, expresidentes, es decir, los mismos que hacen las leyes. Como son astutos, los políticos que han redactado las leyes del sector eléctrico han introducido algunos artículos sobre el bono social y los consumidores vulnerables. De esta manera pueden presumir de tener en cuenta el interés general y se lavan la cara. En realidad, han actuado concientemente aprobando leyes tan complicadas para que no podamos ver cómo benefician a unos pocos.
Un ejemplo de lo que digo es el Real Decreto 900/2015, de 9 de octubre, por el que se regulan las condiciones administrativas, técnicas y económicas de las modalidades de suministro de energía eléctrica con autoconsumo y de producción con autoconsumo. Este real decreto dispone que todo aquel que instale un panel solar en su casa o empresa, deberá pagar a las compañías distribuidoras un peaje, además de todos los impuestos añadidos y tasas administrativas ¡Curiosa manera de promover el uso de energías renovables y cumplir con el Protocolo de Kyoto y el Acuerdo de París! Es que las grandes hidroeléctricas siguen usando la energía nuclear, el carbón y los pantanos para producir electricidad.
Deben los políticos acabar con este monopolio disfrazado. Deben dejar de beneficiar a unos pocos y legislar para que el más fuerte no pueda aprovecharse del más débil. Al fin y al cabo, este es uno de los principios de la justicia y la política, corregir la fuerza del egoísmo para que podamos convivir en armonía.