viernes, 10 de marzo de 2017

SIN RUMBO

Una de las más funestas sensaciones que tenemos los ciudadanos es que esta sociedad marcha sin rumbo. Muchos filósofos han comparado la ciudad o la sociedad con un barco que surca el mar de la vida. Este es uno de los significados de la nave de Odiseo. El héroe es el prototipo del gobernante, la tripulación es el pueblo y la odisea es el camino o ruta que debe seguir la sociedad para arribar a Ítaca, es decir, a la realización colectiva o civilización. Actualmente, nos hallamos perdidos en el océano de las circunstancias. No sabemos hacia dónde debemos ir, qué rumbo tomar y ni siquiera si existe un rumbo acertado.
Esta sensación de desorientación no es una valoración subjetiva. Es la percepción interior de una serie de hechos objetivos. Describiremos algunos y muchos otros los omitiremos para no alargar en demasía este artículo de opinión. Comenzaremos por las religiones. Cada vez hablan menos del alma y de dios y más de otras cuestiones periféricas a la religión. La Sangha –iglesia- budista prácticamente no habla de la divinidad y presta más atención a la meditación, a la felicidad y al bienestar interior. Hace poco escuché decir a un conocido que se profesa budista que le gusta esta religión porque en ella no hay dioses. Seguramente, ninguno de los sacerdotes con los que tomó contacto le habló del Addi Budha o del Avalokiteshvara, divinidades importantísimas del panteón budista. La Iglesia Católica cambia de parecer respecto a temas teológicos en cada concilio. Sus sacerdotes y dirigentes publican opiniones sobre la inferioridad de la mujer respecto del hombre, sobre la homosexualidad como enfermedad o sobre la traición que supone no marcar la casilla respectiva en la declaración de la renta, mientras los creyentes les preguntan cómo pueden conocer a dios y llegar a él, sin obtener respuestas convincentes.
 En el ámbito de la ciencia la desorientación es, asimismo, enorme. El último siglo ha sido el más fértil en inventos y desarrollo de la tecnología de la historia. Ha sido tal el frenesí y la ansiedad en la carrera de la superación de los límites de la técnica y del conocimiento que se ha perdido la referencia moral necesaria para no aniquilarnos usando los aportes de la ciencia. Parecía que el uso de la bomba atómica en Nagasaki e Hiroshima por parte de los EE.UU., en agosto del 1945, había sido una llamada de atención para blindar el uso de la tecnología con unos valores éticos universales. De hecho, tres años más tarde se aprobaría por la Asamblea de Naciones Unidas la Declaración de los Derechos del Hombre. Pero no fue suficiente y a día de hoy la producción científica está a merced de grandes multinacionales que la usan sin ningún tipo de control ético. Por ejemplo, la industria farmacéutica dedica billones de dólares a producir fármacos que no curen del todo y usa en la experimentación millones de animales tratados como carne de cañón. Desorientados están los científicos y divididos en cuanto a si la ciencia debe tener límites éticos o no.
Leemos a menudo declaraciones de artistas en las que expresan su desorientación en clave de búsqueda de nuevas técnicas de expresión. Se buscan nuevos conceptos, nuevas tendencias creativas, se prueba con una cosa y con su contraria, se exploran los extremos de lo concebible y permitido, los tabúes y los instintos psicológicos, de tal manera que se entra en el terreno de lo histriónico, lo injurioso, atentando contra la dignidad del público. Obviamente que hay artistas y obras de arte maravillosas, tanto en épocas pasadas como en la actual. Pero la falta de rumbo en el arte produce regularmente subproductos artísticos que son una verdadera tomadura de pelo. A veces al artista se cree por encima del bien y del mal porque es artista y cree que se le debe permitir todo en aras de la libertad de creación. ¿Hay que poner límites éticos a los artistas o se les debe permitir cualquier tipo de expresión con cualquier contenido? No sabemos muy bien que responder porque no conocemos el rumbo que debería seguir el arte, como tampoco sabemos qué es el arte.
Y, por último, tocaremos la falta de rumbo en la política. ¿Cómo podemos demostrar objetivamente que en la política nadie sabe hacia dónde ir? Es fácil, sólo tenemos que repasar los temas que todos los partidos han puesto sobre la mesa en sus respectivos congresos de los últimos 5, 10 y 20 años. Son totalmente diferentes. Nadie sigue una línea definida. La falta de rumbo ha provocado que en todos los congresos o asambleas se hayan producido profundas disensiones y rupturas. Se han dado casos de transformismo ideológico, como el que se ha producido en todo el arco de la izquierda. En el otro extremo, en la derecha, la corrupción se ha desvelado institucional y crónica. No obstante los abundantes casos de engaño a los ciudadanos por parte de las formaciones políticas, todavía no se ha aprobado por el Congreso una ley estatal para regular la actividad política, estableciendo las infracciones y sanciones correspondientes, así como sí se ha aprobado una ley del voluntariado, otra ley del funcionariado o de la función pública, otra de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, entre muchas otras. ¿Deben establecerse límites éticos y jurídicos a la actividad política? Y, ¿quién debe establecerlos, los mismos políticos o los ciudadanos?
En una sociedad adoradora del credo de la competencia como es la nuestra, en una nave cuya tripulación y capitanes se enzarzan en disputas continuas, estalla la violencia porque nadie sabe hacia dónde nos dirigimos, cuáles son las finalidades de la vida en sociedad y cada uno ve en el otro a su contrario. ¿Acaso no es un subproducto de esta sociedad esa persona que arremete indiscriminadamente con una escopeta o un hacha contra la gente que pasea pacíficamente por su ciudad?
¿Cómo podemos recuperar el rumbo? ¿Dónde podemos encontrar fines y principios que orienten nuestra vida en sociedad? En la filosofía. Necesitamos, más que nunca, conocer la naturaleza del individuo y de la sociedad, investigar quiénes somos y quiénes queremos ser. Necesitamos saber si la concordia es más natural que la competencia, si la ética es más importante que el beneficio crematístico, si el ser humano es materia y energía o, además, conciencia y destino.
Termino con unas palabras del profesor Jorge A. Livraga que reflejan este ideal de la filosofía. “¡Qué hermoso sería que todos los seres humanos entendiesen que es imposible perforar la oscuridad de nuestros tiempos, sus mentiras o mitos, con el bastón de la violencia, y recurriesen a encender la lámpara de la sabiduría para poder reconocerse los unos a los otros, tal como somos…!”

Francisco Capacete González

Filósofo y abogado

sábado, 4 de febrero de 2017

Sector eléctrico: un lobo disfrazado de cordero

Pocos sectores están tan regulados como el eléctrico. La normativa que regula este sector es de las más complicadas y técnicas que existen en nuestro país. Ningún ciudadano puede comprender estas disposiciones, a menos que sea un experto ingeniero y abogado. Es imposible averiguar de antemano qué derechos y deberes tenemos cuando contratamos el suministro eléctrico para nuestros hogares y lugares de trabajo. Si la factura de la luz es tan difícil de entender es porque la ley así lo establece y la ley es, asimismo, difícil de entender. Veamos si podemos poner un poco de “luz” en tan enrevesado tema, aunque este sea un propósito quijotesco.
La ley principal que regula el sector eléctrico es la Ley 24/2013, de 26 de diciembre. Curiosamente, en el artículo 1 se establece que “La presente ley tiene (...) la finalidad de garantizar el suministro de energía eléctrica, y de adecuarlo a las necesidades de los consumidores en términos de (...) mínimo coste.” ¡Oh, qué bien suena! La ley asegura que tendremos electricidad al mínimo coste. Pero, ¿cómo lo consigue? Con el Real Decreto 2019/1997, de 26 de diciembre, por el que se organiza y regula el mercado de producción de energía eléctrica. ¡Muy bien! Y, ¿qué establece esta norma? Entre otras cosas, dice que “el precio se fijará mediante un proceso de casación de ofertas en el mercado diario de producción”. ¡Vaya, ya empezamos con los tecnicismos! Más o menos, lo que se establece es que las empresas presentan ofertas de contratación de suministro eléctrico y en función de las ofertas se establece el precio. La cosa es como en una lonja de pescado. Sigamos que lo bueno viene ahora. “Las sesiones de contratación del mercado diario se estructuran en períodos de programación equivalentes a una hora natural, considerando como horizonte de programación los 24 períodos de programación consecutivos”. ¡Más claro imposible! ¡Hasta un niño de meses lo comprendería perfectamente!
Pero, ¿cuál es el precio que finalmente me van a cobrar por la luz? Dependerá del precio al que lo compre la distribuidora y este precio se fija según el procedimiento que establece el artículo 23. Dice así: “A efectos de la liquidación del mercado diario e intradiario, el precio de la energía eléctrica a pagar por el comprador y a percibir por el vendedor incorporará el precio obtenido de la casación de las ofertas y demandas en el mercado diario y el precio obtenido de la casación en el mercado intradiario” ¡Bon Jesús, ni el monstruo Coco de Barrio Sésamo se explicaba con tanta sencillez! ¡Vamos, que como no hagas un máster en sinónimos y antónimos estás más perdido “que un torero al otro lado del telón de acero”, parafraseando al Sabina.
Vamos a hacer un esquema para poder comprender todo esto. Tenemos un mercado en el que se presentan vendedores y compradores de electricidad. Por supuesto que no podemos ser ni usted ni yo. Sólo las grandes empresas pueden acceder a esta “lonja del electrón”. Los productores de electricidad suben y bajan el precio de venta en función de la demanda. Si hace mucho frío o mucho calor y se les va a comprar mucha electricidad suben el precio. Y si la previsión es de poca demanda no lo bajan, porque comprar les tenemos que comprar. El consumo eléctrico está asegurado y es casi imposible que se reduzca. Por esta razón, el precio de la luz casi nunca baja.
Y estos productores/vendedores de la luz ¿pueden establecer el precio que les de la gana? Por supuesto que sí. Porque fijen el precio que fijen les vamos a comprar. Algún economista liberal me objetará que el precio lo regula el mercado mediante la ley de la oferta y la demanda. Yo no me lo creo. Primero porque esta ley sólo funciona en una sociedad ideal, donde los vendedores y compradores no engañen. Segundo, porque cuando los productores, los vendedores y los suministradores conforman un mismo grupo empresarial, tenemos un monopolio disfrazado. Y esto es lo que tenemos en España, un lobo feroz disfrazado de cordero.
Y, además, las leyes no les han puesto ningún límite. ¿Por qué? Porque los consejeros-delegados de las compañías eléctricas son exministros, exconcejales, expresidentes, es decir, los mismos que hacen las leyes. Como son astutos, los políticos que han redactado las leyes del sector eléctrico han introducido algunos artículos sobre el bono social y los consumidores vulnerables. De esta manera pueden presumir de tener en cuenta el interés general y se lavan la cara. En realidad, han actuado concientemente aprobando leyes tan complicadas para que no podamos ver cómo benefician a unos pocos.
Un ejemplo de lo que digo es el Real Decreto 900/2015, de 9 de octubre, por el que se regulan las condiciones administrativas, técnicas y económicas de las modalidades de suministro de energía eléctrica con autoconsumo y de producción con autoconsumo. Este real decreto dispone que todo aquel que instale un panel solar en su casa o empresa, deberá pagar a las compañías distribuidoras un peaje, además de todos los impuestos añadidos y tasas administrativas ¡Curiosa manera de promover el uso de energías renovables y cumplir con el Protocolo de Kyoto y el Acuerdo de París! Es que las grandes hidroeléctricas siguen usando la energía nuclear, el carbón y los pantanos para producir electricidad.
Deben los políticos acabar con este monopolio disfrazado. Deben dejar de beneficiar a unos pocos y legislar para que el más fuerte no pueda aprovecharse del más débil. Al fin y al cabo, este es uno de los principios de la justicia y la política, corregir la fuerza del egoísmo para que podamos convivir en armonía.



sábado, 21 de enero de 2017

Lo bueno que hay alrededor

Fugaz y tímido, esta tarde ha asomado el sol. Su luz, tras casi una semana sin verla, ha deslumbrado a las pupilas perezosas y se han alegrado como niños que salieran a la calle a pisotear charcos fulgurantes. Esa llamarada de luz tranquila y sabia me hecho recordar todo lo bueno que hay en mi vida. ¡Qué necesario es prestar atención a las cosas y las personas que hacen el bien en un mundo donde abundan la frustración y las sombras!
La lista de las cosas que hacen bien es infinita. Ese paraguas un poco quebrado que nos preserva de la intensa lluvia. Los calcetines gruesos hechos a mano por nuestra suegra y que son el refugio perfecto de esos pies que parecen exploradores de la Antártida. ¡Y qué decir del calentador de agua, callado, sumiso, habitante del rincón más humilde  de la casa!
El listado de establecimientos en los que estamos bien es extenso. Qué me dicen de la tienda de frutas y verduras donde nos atiende esa dependienta a quien no le importa escuchar decenas de veces los mismos comentarios sobre el tiempo porque sabe que, a veces, es la única persona con la que podemos hablar sin necesidad de estar midiendo nuestras palabras. Es curioso que cuando no estamos tensos solemos hablar del factor meteorológico, como si al relajarnos regresáramos a nuestras raíces campestres, a esa mentalidad primigenia más cercana a la naturaleza. No nos olvidemos, por favor, de la cafetería. Los café con leche de las tardes de invierno sirven de sustitutos perfectos a las chimeneas que no tenemos o que no queremos encender. Hay cafeterías que saben a hogar, a pan recién hecho, a consejos de la abuela, a cercanía de pueblo, a humanidad fraterna.
Recuerdo, tras apurar los últimos destellos del sol de invierno, todas las entidades y organizaciones que están haciendo el bien. Las hay que, honradamente, protegen a los animales abandonados en las ciudades o en peligro de extinción en las selvas, invirtiendo grandes sumas de dinero de manera recta y eficaz. Las hay que se ponen al servicio de las personas más desfavorecidas, más desprotegidas y menos atendidas por las instituciones públicas, como son los refugiados, los huérfanos y los esclavos. Asociaciones hay dedicadas a la cultura popular, a recoger la memoria cotidiana de hombres y mujeres que han construido el país en el que vivimos. Otras que divulgan el pensamiento, la filosofía y la libertad del individuo, tan necesarios para construir una sociedad de ciudadanos libres y conscientes.
Y, ¡cómo no, cuántas personas de bien nos acompañan en el camino de la vida! Conozco a una bella persona que trabaja en los juzgados de Vía Alemania, a otra que conduce el autobús de la línea 10 y al que considero el mejor conductor de la EMT, por su profesionalidad y el buen trato que ofrece a todos los usuarios si excepción. Aquella camarera siempre ofrece una sonrisa y este funcionario me alivia la carga burocrática. Recuerdo a mis padres, trabajadores, siempre dispuestos a hacer el bien, sensatos y generosos. También regresa a mi mente el recuerdo de mi profesor de Lengua que me abrió la puerta del mundo de la poesía y me regaló el entusiasmo por la lectura. Otra buena persona con la que comparto es mi maestro de filosofía, un ejemplo de persona íntegra, ética y generosa. Y mi esposa me enseña cotidianamente valores positivos para mejorar la convivencia.
Todos tenemos cerca personas y colectivos que son, en el buen sentido de la palabra/buenos. En el  momento presente, es más necesario que nunca recordarlo y tener presente que, por muchas maldades y crueldades que ocurran en el mundo, por muchos casos de corrupción que se descubran y por variadas que sean las formas de engañar y manipular, siempre hay y habrá buenos ejemplos en los que inspirarse. No dejemos de descubrir lo bueno que hay alrededor.


viernes, 20 de enero de 2017

¡Se ha vuelto a caer el sistema!

“¡Vaya mañanita llevamos!”, se quejaba el otro día una funcionaria de los juzgados de Vía Alemania, maldiciendo el enésimo cuelgue del sistema informático. La digitalización de la Justicia era una de las grandes apuestas de la agenda del ministro Rafael Catalá, y la obligatoriedad de que las comunicaciones y trámites entre los colectivos jurídicos y las sedes judiciales se hagan de manera electrónica en todos los órganos jurisdiccionales, uno de sus primeros retos. Hazaña por el momento fallida. Cada vez que me conecto al sistema de comunicaciones telemáticas, Lexnet, del Ministerio de Justicia, aparecen avisos de paradas. Cada vez que tiene que cargarse la nueva documentación en los servidores centrales de los juzgados, el sistema queda paralizado. En un artículo publicado el 8 de enero del 2016, el Ministro de Justicia, Rafael Catalá, indicaba que los problemas son normales con la siguiente expresión: "El sistema tiene fallos, sólo faltaría". Para un sistema que empezó a prepararse en el año 2000 y que ha costado millones de euros, no es normal que tenga tantos fallos.
En principio, las nuevas tecnologías deberían facilitar el trabajo y posibilitar la prestación más ágil de los servicios. Sin embargo, en el ámbito de la justicia está ocurriendo todo lo contrario. Las condiciones de trabajo de los funcionarios cada vez son peores. Su salud se resiente. Hay más lentitud en la resolución de los expedientes. Esta semana pasada la Audiencia Provincial de Baleares pedía perdón por haber tardado nueve años en resolver un caso de negligencia médica. Los abogados y procuradores tenemos más inseguridad con el tema de los plazos, porque es obligatoria la presentación de escritos por vía telemática y esta vía telemática deja de funcionar a determinadas horas casi cada día. Ante todo esto, he querido conocer quién es el responsable de todos estos perjuicios que se están causando a los ciudadanos.
La gestión telemática de la justicia empezó a desarrollarse en el año 2010. Inicialmente lo desarrollaban IECISA (Informática El Corte Inglés, SA) y SIA (Sistemas Informáticos Abiertos). La primera empresa, por cierto, fue inhabilitada para contratar en el sector público durante tres años por cesión ilegal de trabajadores y vulneración de sus derechos en 2016.
En marzo del 2011 ya comenzaron los primeros “problemillas”. El sistema Lexnet debido al uso de componentes Active X y, por tanto, a su dependencia del navegador y sistema operativo de Microsoft, no cumplía con lo establecido en los artículos 5 y 6 del anexo IV del Real Decreto 84/2007. ¡Huy, qué descuido! Descuido o interés. Recomiendo leer el artículo del abogado José Muelas “El Ministerio de Justicia y el software propietario”, para conocer un tema de fondo muy preocupante: el Ministerio se está gastando una millonada en software propietario (Microsoft) en lugar de usar software libre, a pesar de que el libre es más seguro y tiene las mismas prestaciones que el propietario.
En junio del mismo año el TSJ de la Comunidad Valenciana informa en un comunicado que los problemas en el sistema informático de los juzgados de Primera Instancia y los Mercantiles se han generado por disfunciones en la implantación de la nueva versión del programa Lexnet y su coordinación con el programa Cicerone. El mismo fallo fue denunciado en Alicante por fuentes judiciales. Un funcionario aseguró que ese problema llevaba en activo al menos quince días.
En junio de 2012, a pesar de los fallos iniciales en la implantación del sistema, la empresa Avalon consigue otro contrato para la mejora de Lexnet por valor de 150.000 euros. De hecho no se presentó ninguna otra empresa a la licitación de ese contrato. Parecía que las cosas iban a mejorar. Sin embargo, era sólo un espejismo. A principios del 2014, Los procuradores se rebelan contra los fallos del sistema Lexnet. ¡Huy otro descuido!, resultaba que el portal “Adriano” no generaba acuse de recibo de los escritos presentados. Por si esto fuera poco, en noviembre del 2015, la empresa Avalon consigue otro contrato para la “mejora” de Lexnet.
Y llegó el 1 de Enero de 2016, fecha en que terminaba la moratoria, entraba en vigor la directiva por la cual todos las nuevas notificaciones deben ser digitales y se terminaba con la presentación de escritos en papel. Todo ello, sin haber resuelto los problemas del sistema. A los ocho días el presidente del Colegio de Abogados de Córdoba, José Luis Garrido, declaró que el problema radica en que se trata de un sistema que no funciona y que “al prohibir la presentación de documentos por la vía convencional en papel resulta que es como si nos cerraran los juzgados, lo cual es una barbaridad. Se dan situaciones tan curiosas como que la presentación de una demanda por vía telemática tarde 24 horas en cargarse".
Y a día de hoy continúan los problemas. Han transcurrido diecisiete años, se han invertido millones de euros y tenemos una situación caótica. ¿Quién o quiénes deben responder por esta situación? Han participado varios organismos privados y públicos en la historia de Lexnet. IECISA como desarrollador, Indra Sistemas o Software Labs en la coordinación de la implantación del producto en varias ciudades así como en algunos aspectos de desarrollo, Avalon como desarrollador de la implementación analítica de notificaciones y documentos adjuntos, Satec que ha participado en todas las fases (análisis, diseño software y hardware, construcción, implantación y aceptación), Novasoft y Semicro como soporte técnico y, desde el ámbito público, la Subdirección General de Nuevas Tecnologías de la Justicia y los Ministros de Justicia correspondientes.
A día de hoy, nadie ha pedido disculpas ni ha asumido sus responsabilidades ¡Qué injusticia!
Francisco Capacete
Filósofo y abogado


sábado, 14 de enero de 2017

La sociedad extrema

Hace unos días, mientras paseaba por las Ramblas de Barcelona, me detuve ante uno de esos kioscos que son como un supermercado de la señorita Pepis, porque me llamaron la atención dos objetos que estaban uno al lado del otro. Un libro para niños titulado “Planeta Extremo” y una bolsa de chips sabor extremo. Seguí caminando rumbo a mis adentros y me enfrasqué en el concepto de lo extremo. “Fíjate” –me dije- “¿te has dado cuenta de que lo extremo está por todos los lados de nuestra sociedad?”. Efectivamente, desde hace algunas décadas, se lleva lo extremo.
Han proliferado, por ejemplo, los deportes extremos. El Camel Trophy y las apasionantes escaladas de los ochomiles de los Himalayas pusieron de moda la práctica de actividades deportivas o de aventura en las que llegar al límite de la resistencia y de la supervivencia. Luego llegó el Dakar y otras carreras límites, Hace poco conocí el endurero extremo, pruebas de enduro en las que llegan a presentarse 1.400 pilotos y llegan a la meta apenas 14.
Atrae tanto lo extremo que se usa en la publicidad para lograr captar la atención del público. La publicidad extrema ha sido usada por la DGT para “crear conciencia” y lograr bajar el número de accidentes en carretera. Un video publicitario en el que saltan unos jóvenes por los aires al pisar minas antipersona, extremadamente explícito, consiguió 9,5 millones de visitas en los 4 primeros días.

En el campo de la cultura y el entretenimiento, encontramos el metal extremo nacido, según algunos musicólogos, en 1981 con Welcome to Hell de Venom; la arquitectura extrema o el extremo realismo de algunas exposiciones sobre el cuerpo humano en la que se exponen esculturas de cadáveres. Los efectos especiales colocan al cinéfilo frente a situaciones exageradas que provocan emociones potentes e instantáneas. Y en el mundo de la televisión, los reality shows representan la atracción por situaciones psicológicas extremas. El pasado mes de diciembre, la televisión rusa ha presentado un ‘reality’ extremo en Siberia donde se puede morir o quedar mutilado. E incluso en los programas de opinión los pausados diálogos han sido relegados al olvido por las discusiones airadas de los tertulianos.
Sin embargo, la extremofilia va más allá del mero entretenimiento. En la última década han ido apareciendo y agravándose conductas extremas y preocupantes que están deteriorando las sociedades contemporáneas. El extremismo religioso y el terrorismo fundamentalista –ya sea religioso o político- han causado y siguen causando centenares de muertos. La conducción extrema es una moda que provoca muerte y desolación. El estudio denominado “Nadando con cocodrilos. La cultura del consumo extremo de alcohol” del ICAP (International Center for Alcohol Policies), muestra la triste realidad de una moda que cada vez se extiende más entre los jóvenes, sobre todo, en los países del norte de Europa.
Ante todo esto, me pregunté ¿qué es lo que nos está lanzando al extremismo? Parece que estuviéramos montados en una de esas atracciones de feria que giran violentamente y uno queda pegado en la pared del habitáculo boca abajo sin caer, como le sucede al agua del cubo que hacemos rodar rápidamente. La adrenalina nos hace experimentar un espejismo de vida apasionante. Por unos instantes nos olvidamos de todos nuestros problemas y obligaciones y nos zambullimos en una fuerte emoción que nos alucina. El problema es que esa vivencia extrema termina rápido y no nos deja nada, excepto, tal vez, la dependencia por seguir experimentando sensaciones fuertes con las que convencernos de que la vida merece la pena.
¿Tan vacías han quedado nuestras vidas que necesitamos llenarlas de adrenalina, de alcohol, de drogas o de impactos visuales bestiales? Desgraciadamente, sí. El materialismo salvaje, ese que niega, no solo lo religioso y divino, sino también los ideales de justicia, bondad, belleza y verdad, las musas y los ángeles, los grandes personajes de la historia y las grandes proezas espirituales, ha castrado el alma humana de millones de seres humanos. Millones de personas que han sido adoctrinadas en que lo único real es el cuerpo. Estamos siendo llevados a los extremos por la fuerza centrífuga de la ignorancia y las prisas sin sentido.
Aristóteles recomendaba para ser realmente feliz el camino del justo medio, es decir, el de la armonía entre cuerpo y alma para poder desarrollar intensa y entusiastamente la vida interior. Siddharta Gautama, el Buda, enseñaba que el Dhammapada, la Senda de la Virtud, lleva al hombre al encuentro consigo mismo y a la liberación de todas las máscaras que nos impiden conocernos. Occidente y Oriente enseñaron lo mismo, no vivir nada de lo que tiene que ver con el cuerpo en exceso, para superar la mediocridad y vivir la areté, la excelencia. Y aquellos filósofos tenían razón, cuando una persona vive únicamente para su cuerpo cae en la mediocridad, en la cobardía o en la temeridad; mientras que si vive también para desarrollarse como persona, canalizando sus más altos y bellos ideales de vida, se alza a la excelencia interior, esa que han alcanzado todos los grandes personajes de la historia. Trabajemos para evitar los extremismos. Para ello, debemos aspirar a ser grandes.